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domingo, 7 de mayo de 2017

Mucho que aprender (y 6)


Uno de los aspectos que me han resultado más interesantes del trabajo de Elvira Roca en Imperiofobia y leyenda negra, son sus comentarios sobre algunas afirmaciones desacertadas en libros de respetados historiadores y escritores. Con ellos la autora pretende poner de manifiesto que muchos asumen acríticamente, por inconsciencia o pereza intelectual, buena parte de los relatos difundidos por la leyenda negra. Es el caso de Imperios del mundo atlántico, de John Elliot, que presenta como un ejemplo de «la opinión común hoy en la historiografía académica».

«El esquema mental de Elliot es el universalmente aceptado y quizá el que el lector tiene en la cabeza, sea consciente de ello o no:
    Imperio inglés en América > Estados Unidos, gran éxito
    Imperio español en América > Repúblicas sudamericanas, gran fracaso.
Esta interpretación procede de la historiografía del siglo XIX (…). Lo que subyace es la idea de que hubo una continuidad del poder anglosajón en el mundo que comenzó en el siglo XVII y duró ininterrumpidamente hasta el siglo XXI. Implica dos evoluciones paralelas para Inglaterra y España, pasando por alto diferencias insalvables, y equipara los territorios de ultramar de una y otra sin atender a lo básico. Para Elliot los españoles llegaron antes a América por azar, y construyeron allí un imperio medieval (¿cómo no?). En cambio, los ingleses, como llegaron más tarde, estaban en un estadio de evolución más avanzado, y por esto pudieron fundar colonias más prósperas. Pasa por alto Elliot que esta prosperidad se alcanzó en el Norte después de la independencia, no antes, y que en el momento de producirse esta, los territorios hispanos eran mucho más prósperos que los del Norte».

Sigue más adelante la autora: «Se pueden comparar las etapas iniciales de los imperios, o sus periodos centrales de plenitud, o su decadencia y acabamiento. Lo que no se puede es comparar un imperio con lo que no lo es. En la historia de América ha habido dos imperios sucesivos, no simultáneos. Y si los hubo coetáneos, serían el portugués y el español, no el inglés. Pero no es difícil suponer la razón de este paralelismo forzado. En este magno drama cósmico que enfrenta al anglosajón, cabeza del mundo protestante, con el español, cabeza del mundo católico, los holandeses y los portugueses son actores secundarios. La derrota del portugués o del holandés no excita la autoestima de nadie; en cambio, la (supuesta) derrota del español es capaz de generar endorfinas generación tras generación».

El trabajo de Elliot, como el de otros, «pasa por alto un hecho evidente que debería ser un punto de partida a la hora de estudiar el éxito económico del Norte y el fracaso del Sur, a saber, que el imperio del Norte se construyó después de la independencia y es el fruto de los emigrantes venidos luego. En cambio, en el Sur, el imperio se alzó “antes” de aquella, y la prosperidad fue resultado de la Administración imperial y del mestizaje. El declive económico del Sur se produjo después de la década de 1830, no antes. En el momento de la independencia, América del Sur cuenta con las ciudades más pobladas y con las mejores infrastructuras del continente. México tiene, alrededor de 1800, unos 137.000 habitantes, y Lima, Bogotá y La Habana superan los 100.000. En este momento Boston, que es una de las ciudades más pobladas del Norte, cuenta sólo con 34.000 habitantes».

María Elvira Roca Barea. Imperiofobia y leyenda negra (2017). Madrid: Siruela, 2017; 482 pp.; col. Biblioteca de ensayo; prólogo de Arcadi Espada; ISBN: 978-84-16854-23-3. [Vista del libro en amazon.es]

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