Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Nota: 'Biografía de Joachim Fest (y 3)' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta

domingo, 9 de julio de 2017

Biografía de Joachim Fest (y 3)


Un tercer aspecto de Yo no, de Joachim Fest, en el que me he fijado es el de su propia formación.

En primer lugar como lector. Habla de la biblioteca de su casa, cuenta que «mi padre amaba los libros», y rememora la importancia que, durante su niñez, tenían «las lecturas y las “historias contadas”, como decíamos nosotros», que «pasaron muy pronto a ser lo mejor de cada noche». Indica cuáles fueron sus lecturas infantiles y juveniles: «ya antes de ir al colegio nos habían leído el Struwwelpeter y sabíamos recitar de memoria sus versos moralmente intimidatorios»; más tarde llegó Wilhelm Busch con relatos como, sobre todos, Max y Moritz, que le producían una satisfacción literaria con la que no podían equipararse «ni el Dr. Dolittle, ni las leyendas germánicas ni La cabaña del tío Tom». Tom Sawyer y Huckleberry Finn, de Mark Twain, fueron «las otras dos grandes vivencias literarias de esos años»; tiempo después, «con trece o catorce años, leí Moby Dick, la historia de la ballena blanca». Su padre les daba, a él y a sus hermanos, «una propina de un marco por cada diez poemas que recitáramos sin cometer error alguno»...

En segundo lugar como alumno en dos colegios distintos: el primero, externo, en Berlín; el segundo, interno en un colegio católico al que tuvo que trasladarse por la presión del régimen sobre su familia. Señala que allí encontraron, él y su hermano, una «mayor franqueza por parte de los profesores a la hora de expresar opiniones políticas. Esto no había que atribuirlo solamente a la tradicional liberalidad de Baden, sino también al catolicismo consciente de ese Land, que constituía un respaldo para todos». Por ejemplo, «durante la clase de religión, y en relación con las pastorales del obispo Van Galen, se habló sin rodeos sobre los “asesinatos de la eutanasia”». Apunta cómo, en una conversación con un amigo, se dio cuenta de que «lo que la fe me proporcionaba en el fondo era el sentimiento de tener una especie de segunda casa que proporciona seguridad y que hace frente a todo». Con todo, en aquel colegio no encontró sustituto para su padre «a la hora de orientarme en la diversidad del pensamiento, ya se tratase de preguntas simples o rebuscadas, y fue entonces cuando fui consciente de esa carencia». En otro momento recuerda que su padre le dijo un día «que él solía dividir a las personas en los que preguntan y los que responden. Los nazis, por ejemplo, eran gente que siempre tenía una respuesta. Yo debía procurar estar siempre entre los que preguntan».

En tercer lugar, las lecciones de valor civil que aprendió de su padre. Así, recuerda lo que su padre «decía ante cualquier decisión arbitraria tomada por gente que no era nada y que de repente se había crecido: “Soporta a los clowns”. Muy pronto se convirtió en una máxima familiar que para nosotros adquirió un significado muy expresivo. En cualquier caso, y de acuerdo con su afición a utilizar máximas como guías para la vida, nos recomendó la expresión como axioma para los años siguientes y, a ser posible, para toda nuestra vida. Una vez le oí terminar un relato sobre la época nazi con las siguientes palabras: «En circunstancias como ésas, a veces hay que encoger el cuello. ¡Pero sin agachar la cabeza!».

También su hermano Winfried, decía que su padre les había «inculcado en nuestros años jóvenes una especie de orgullo por la discrepancia, algo que ninguno de estos “don nadies engrandecidos” vislumbraba, y que tampoco ninguno de ellos había llegado a conocer. Cada vez que alguien me preguntaba por los principios que me guiaban, yo decía que tenía que referirme a mi criterio escéptico y a mi aversión contra el espíritu de la época y sus simpatizantes. Nunca me había parecido cuestionable el “Ego non!” de aquel día inolvidable en que mi padre instituyó los dos turnos para cenar».

Así que, dice Fest, es cierto que «me educaron según los principios de un orden caduco. Ese orden me ha legado sus reglas y sus tradiciones y hasta su canon de poesía. Y todo eso me ha hecho apartarme un poco de mi tiempo, pero, a la vez, este orden me ha proporcionado una parcela de tierra firme que, en los años siguientes, me aportó cierta fuerza moral».

Joachim Fest. Yo no (Ich nicht, 2006). Madrid: Taurus, 2017; 296 pp.; col. Historia; trad. de Belén Bas Álvarez; ISBN: 978-8430618491. [Vista del libro en amazon.es]

Enviar Imprimir

publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo