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sábado, 6 de julio de 2019

¿Por qué Grecia?


En su momento puse aquí una nota sobre ¿Por qué Grecia?, un libro de Jacqueline de Romilly. Tiempo más tarde lo releí para preparar una reseña completa que publiqué en medium. La incluyo ahora en el apartado (tan interesante...) de Relecturas, en el que pondré otros libros en sábados sucesivos.

Cuando lo leí por primera vez me pareció luminoso y orientó mi búsqueda de otros libros, algunos de la misma Romilly, acerca de los orígenes de nuestra cultura. Cuando lo releí confirmé mi percepción de entonces, y pensé que es uno de esos grandes libros a los que siempre vale la pena volver. A continuación hago un resumen de las notas que tomé por si animan a buscarlo y leerlo a quienes no lo conocen.

La historiadora francesa pretende y consigue poner en claro por qué tantas obras griegas de hace veinte o treinta siglos nos transmiten, «con tanta fuerza, esa impresión de seguir siendo actuales y de haber sido hechas para todas las épocas». Hace notar en el prefacio «la influencia que han ejercido, en casi todas las épocas y en muchos países, las obras griegas, el pensamiento griego y hasta las palabras griegas», y subraya que es algo sorprendente si tenemos en cuenta que «Grecia no conquistó ningún pueblo, no transfirió sus instituciones a ninguno de ellos y ni siquiera supo construir su unidad», y fue vencida por los macedonios y por los romanos. Por tanto, si a priori no diríamos que la cultura de los griegos tenía posibilidades de extenderse fuera de Grecia, está claro que algo sucedió en la Grecia del siglo V antes de Cristo: un «excepcional esfuerzo» en todas las áreas del pensamiento hacia lo genuinamente humano y hacia los planteamientos universales, válidos para todos y para siempre.

Para explicarlo, Romilly hace dos observaciones al comienzo. Una, que los griegos nunca temieron tomar préstamos intelectuales de otros lugares, un signo de apertura mental y de sus deseos de conocer y de ser conocidos sin ninguna clase de secretismo. Otra, que los griegos fueron los primeros que fijaron su saber en escritos pues «Homero y la escritura son contemporáneos», un punto cuya importancia subrayaron tanto Eric Havelock (en Prefacio a Platón) y Walter Ong (en Oralidad y escritura).

Luego, en el primer capítulo de su libro habla de la Iliada, una epopeya diferente; en el segundo comenta unos versos de Píndaro que se caracterizan por la misma economía que los de Homero; presenta en el tercero cómo en el siglo V nació lo que llamamos la democracia; plantea luego la relación entre el debate democrático y el análisis intelectual; comenta cómo se desarrolló la historia, de la mano de Herodoto y de Tucídides, con un apéndice dedicado a Hipócrates y a la medicina; dedica el sexto capítulo a la tragedia y el lenguaje de los mitos; el séptimo a la peculiaridad de la tragedia griega, con un apéndice sobre la comedia; en el octavo habla de la filosofía; y titula su conclusión «La apertura a los demás».

Entre otros puntos de interés, Romilly apunta cómo el heroísmo adquiere en Homero una dimensión humana, que apenas se encontraba en otras culturas y tampoco en la griega. Casi todos sus héroes llegan a conocer la duda y la vacilación: esos breves momentos ponen de relieve su heroísmo, pero a la vez los acercan a nosotros y logran conmovernos. Se puede decir que «la Ilíada inaugura de hecho lo que será el deseo de universalidad propio de nuestra cultura y la apertura hacia los demás, que, contrariamente a muchas civilizaciones, se sitúan con primacía entre nuestros valores».

Del arte de Homero indica que se apoya en la elección de los rasgos más humanos de sus héroes y en su capacidad para «expresar los sentimientos humanos más esenciales de todos, presentándolos bajo la forma más desnuda posible». Las emociones que pinta «responden a las grandes situaciones humanas: un ataque al honor, las demandas de afecto, la pérdida del ser más querido en el mundo. Y aquí esas emociones se presentan en su esencia misma, sin detalles ni particularidades». Incluso en los casos en que representan situaciones límite, lo hace siempre con imágenes humanas. La fuerza de la evocación, ligada a la simplificación de líneas, que vemos en Homero la vemos también en Píndaro. De esa simplificación de líneas se desprende lo esencial: no sentimientos raros o sutiles, sino experiencias fundamentales. «Este alcance abstracto del gesto simbólico está presente en toda la obra de Homero», como vemos en la Odisea cuando Nausicaa recoge al náufrago o cuando Penélope teje mientras espera la llegada de Ulises.

Ya en el mundo de Homero vemos que los héroes intentan comprender y hacerse comprender y vemos la importancia que se atribuye a la idea de la búsqueda en común de la verdad y de las mejores decisiones. «Atenas instauró el debate en el centro de la vida pública; pero también fue capaz, gracias al debate, de acotar los principios de esa vida pública». En todas las obras de la época, del tipo que sea, se ve la gran afición al debate y a la discusión en común, como el mejor camino para resolver las cosas, algo que se plantea como un principio de libertad y de igualdad. «Hablar, explicarse, convencerse los unos a los otros: esto es de lo que Atenas se sentía orgullosa»: nace la retórica con la convicción de que aprender a hablar es aprender a pensar, nace el debate político que siempre es también una reflexión sobre los fines de la política.

En relación a la ciencia histórica, señala primero que Herodoto fue un innovador al intentar establecer la verdad, que su primer objetivo era la memoria y el segundo el encadenamiento de los hechos desde el pasado. Luego, que con Tucídides llegó el espíritu crítico y el intento de la objetividad sistemática, de tratar de comprender no sólo el pasado sino los encadenamientos universales que pueden reproducirse, de intentar conocer cuáles son los medios que sirvan para analizar los hechos en profundidad. Explica bien — como hará con más detalle en Tucídides. Historia y razón — , que al pasar de Herodoto a Tucídides la causalidad se hace compleja pues Tucídides buscó a fondo causas múltiples que se combinen y «expresó en voz alta y clara su ambición de alcanzar una verdad válida para otras épocas y otras circunstancias».

Como hará con más calma en su libro La tragedia griega — y como se puede leer también en Esquilo: creador de la tragedia, de Gilbert Murray — , señala que la huella que han dejado en nosotros los mitos griegos procede de los mitos que eligieron, depuraron y transformaron los dramaturgos del siglo V: en las tragedias griegas de la época se aprecia un gran deseo de plantear a fondo los problemas y una fuerte aspiración a formularlos de modo universal. Del mismo modo, en la filosofía, además de la invención de una nueva didáctica, entre los grandes autores griegos se ve un claro propósito de llegar a la universalidad.

En la conclusión Romilly señala que «Grecia ofreció al mundo la expresión perfecta e ideal de la justicia y de la libertad»; de que allí se generó «el respeto a las leyes y también el deseo de amparar a los oprimidos, liberar a las víctimas y exponerse por su defensa»; de que los griegos «no inventaron la ley pero la establecieron como todo lo contrario de la violencia». Se cuida también de aclarar que si los griegos no cumplieron lo que decían, «al menos supieron decir lo que debería haber sido, definir valores y, en ocasiones, morir por ellos».

Jacqueline de Romilly. ¿Por qué Grecia? (Pourquoi la Grèce?, 1992). Madrid: Debate, 1997; 264 pp.; col. Temas de Debate; trad. de Olivia Bandrés; ISBN: 84–8306–049–3–1997.


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