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viernes, 13 de septiembre de 2019

Una historia con dimensiones humanas


Los muchachos de zinc, de Svetlana Alexiévich, es un libro dedicado a los más de 50.000 soldados que murieron en la guerra de Afganistán (1979-1989): sus cadáveres eran repatriados en ataúdes de zinc. Como para sus otros libros, la autora entrevistó a centenares de personas: soldados supervivientes, enfermeras de los hospitales, madres de los fallecidos... Una de sus ideas es dar voz a quienes no la tienen o a quienes no se la dan las versiones oficiales de lo sucedido y, en esa línea, presta particular atención a los testimonios de las mujeres: una de ellas le dice que «los hombres combaten en la guerra, y las mujeres lo hacemos después… Nosotras combatimos después de la guerra».

Una pregunta detrás del trabajo de Alexiévich es «¿cuánto hay de humano en el ser humano? Unos creen que mucho, otros opinan que poco. Debajo de la fina capa de la cultura enseguida aparece la bestia». Y una de sus inspiraciones es Dostoievski, de quien cita Los demonios: «El hombre y sus convicciones son, está claro, dos cosas muy diferentes. Todos somos culpables, todos somos culpables… ¡solo nos falta convencernos de ello!» (aunque, continúa Alexiévich, él decía que esta reflexión no era suya, sino de Vladímir Soloviov). Con todo, dice, «si no hubiera leído a Dostoievski me sentiría aún más desesperada…»

Explica que a ella le gusta el lenguaje oral pues «fluye libremente» y con él es como se pueden reconstruir los sentimientos: «Yo rastreo el sentimiento, no el suceso. Cómo se desarrollan nuestros sentimientos, no los hechos». Afirma también que los grandes acontecimientos ya quedan fijados en la Historia pero que los pequeños, importantes para el hombre pequeño, desaparecen sin dejar huella: «eso es a lo que yo me dedico desesperadamente (libro tras libro): a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana».

Más adelante lo dice así: «los libros que escribo son un documento y a la vez mi visión de los tiempos. Yo recopilo los detalles, los sentimientos, no de una vida concreta, sino del aire del tiempo en su totalidad, de su espacio, de sus voces. No invento, no fantaseo, sino que construyo los libros a partir de la realidad misma. (...) Yo escribo (...) las voces vivas, las vidas. Antes de pasar a ser historia, todavía son el dolor de alguien, el grito, el sacrificio o el crimen. Incontables veces me he hecho la pregunta: “¿Cómo pasar entre el mal sin aumentarlo, sobre todo hoy en día, cuando el mal adopta unas dimensiones cósmicas?”. Antes de comenzar cada libro me lo pregunto. Esto ya es mi carga. Y mi destino».

Svetlana Alexiévich. Los muchachos de zinc (Tsínkovye málchiki, 1994). Barcelona: Debolsillo, 2017; 336 pp.; col. Ensayo-Crónica; trad. de Yulia Dobrovolskaia; ISBN: 978-8466339674. [Vista del libro en amazon.es]

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