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sábado, 11 de enero de 2020

Ética: Cuestiones fundamentales


Ética: Cuestiones fundamentales, de Robert Spaemann, es un libro con ocho capítulos titulados así: «Ética filosófica o, ¿son relativos el bien y el mal?», «Educación o el principio del placer y de la realidad», «Formación, o el propio interés y el sentido de los valores», «Justicia o yo y los otros», «Convicción y responsabilidad o ¿el fin justifica los medios?», «El individuo o ¿hay que seguir siempre la conciencia?», «Lo absoluto o ¿qué convierte una acción en buena?», «Serenidad o actitud ante lo que no podemos cambiar».

El autor plantea los temas con claridad y da respuestas con admirable fluidez. Seguramente contribuyó a eso que, antes de formar parte de un libro, cada uno de los capítulos fuese una charla radiofónica, lo cual quiere decir que tienen un amable tono conversacional. Como es imposible resumir un gran resumen y, además, algunas citas de Spaemann de este libro ya las puse en esta sección de la página, haré a continuación un comentario hilando una idea o un párrafo de cada uno de los ocho capítulos con el propósito de suscitar interés por leer el libro.

En relación a si son relativos el bien y el mal el autor indica que decir que cada uno debe hacer lo que le gusta «puede significar que cada uno tiene que habérselas con los gustos de los demás como le apetezca, amigable y tolerantemente, o de manera violenta e intolerante. Pero puede también significar que cada uno debe respetar los gustos de los demás. Una tal exigencia de tolerancia limita justamente los propios gustos. Se debe dejar claro que la tolerancia no es de ningún modo, como se dice a veces, una consecuencia evidente del relativismo moral. La tolerancia se funda más bien en una determinada convicción moral que pretende tener validez universal. El relativismo moral, por el contrario, puede decir: ¿por qué debo yo ser tolerante? Cada cual debe vivir según su moral y la mía me permite ser violento e intolerante».

En cuanto a cómo aprender y cómo enseñar a vivir correctamente explica Spaemann que «el comienzo de toda Ética, de todo consciente preguntarse por la vida recta», se da cuando «el niño, desde la parcialidad de su subjetivo mundo de sentimientos, es introducido cuidadosa y resueltamente en la realidad: realidad que es como es, independiente de nosotros». Entonces el niño aprende que «solamente ante una realidad que nos ofrece resistencia podemos desarrollar nuestras fuerzas» y que «las alegrías más profundas de la vida se relacionan con el desarrollo de nuestras fuerzas y capacidades». La tarea del educador es la «de introducir al niño en la realidad que está frente a él y es independiente de él».

Habla después de que, frente a la realidad, hay maneras de comprender qué cualidades son las más valiosas. Así, «existe un criterio muy preciso que es la intensidad del gozo que se experimenta, por ejemplo, con la lectura de determinados libros. Puede suceder que uno no goce leyendo a Shakespeare y sí lo haga leyendo novelas policiacas: este, naturalmente, no puede dialogar; y mucho menos [podrá] el que no haya leído con gusto ni siquiera una novela policiaca. Pero quien haya gozado leyendo tanto una novela policiaca como a Shakespeare, tiene la experiencia de que su gozo [al leer al segundo] posee una mayor intensidad, hondura, duración y reiterabilidad que el otro, aunque sea a la vez más exigente, menos apremiante y no se le pueda captar o invocar en cada momento». Se podría decir, por tanto, que «el carácter apremiante de los valores está casi siempre en razón inversa a su altura, porque precisamente los más altos, los que producen más gozo, requieren cierta disciplina para ser captados».

Pero prestar atención a la realidad para captar el sentido de los valores no es siempre fácil. En el capítulo cuarto, dedicado a la justicia, Spaemann recuerda que Sócrates enseñaba «que uno no sabe lo que la palabra “bueno” significa si ese saber no tiene consecuencias para él». De ahí concluye que «la educación debe hacer capaz al hombre de librarse de la sensación del momento» para darle precisamente la capacidad de hacer lo que realmente quiere; debe ayudarle a «aprender a conducir su vida, más que a dejarse llevar». La tarea de la educación o formación es, pues, «esclarecer el contenido valioso de la realidad, formar los diversos intereses objetivos».

En esa dirección nos orienta Kant cuando afirma que «en ningún acto podemos usarnos o usar a los demás como puros medios. Se le ha objetado que necesitamos continuamente unos de otros como medios, si queremos lograr determinados fines. Toda la vida descansa ahí, a fin de cuentas. Cosa que, como es natural, también sabía Kant. Lo que él quería decir es lo siguiente: podemos usar de los demás como medios, pero sólo parcialmente [cuando] nos aprovechamos de ciertas capacidades y prestaciones de los demás. (…) Se niega que sean un fin en sí mismos cuando, por ejemplo, se les esclaviza o se les tortura, o se les mata siendo inocentes, o se abusa sexualmente de ellos. Kant pensaba que también cuando se les miente, pero no discutiremos ahora ese punto».

Después de reflexionar, en el capítulo previo, si el fin justifica los medios, el autor se pregunta en este, el sexto, si hay que seguir siempre la conciencia. Apunta la idea de que si el hombre es un ser que necesita la ayuda de otros para llegar a ser lo que propiamente es, esto «vale también para la conciencia. En todo hombre hay como un germen de conciencia, un órgano del bien y del mal. Quien conoce a los niños sabe que esto se aprecia fácilmente en ellos. Tienen un agudo sentido para la justicia, y se rebelan cuando la ven lesionada. Tienen sentido para el tono auténtico y para el falso, para la bondad y la sinceridad; pero ese órgano se atrofia si no ven los valores encarnados en una persona con autoridad. Entregados demasiado pronto al derecho del más fuerte, pierden el sentido de la pureza, de la delicadeza y de la sinceridad. Para ellos, la palabra es, ante todo, un medio de transparencia y de verdad. Pero cuando, por miedo a las amenazas, aprenden que hay que mentir para librarse de ellas, o experimentan que sus padres no les dicen la verdad y emplean la mentira en la vida diaria como normal instrumento de progreso, desaparece el brillo de sus conciencias y se deforman».

Para ver luego qué convierte una acción en buena es necesario señalar que «la conciencia no es un oráculo sino un órgano. Y como tal puede estar mal orientada. (…) El punto de vista moral, el punto de vista del bien, es absoluto. (…) No tiene ningún sentido decir: sería bueno hacer esto, pero en este momento el bien debe esperar. El bien es precisamente lo que no debe ni puede nunca dejar paso a otras cosas. En cambio, cualquier valor o contenido, en determinadas circunstancias, frente a valores más altos, debe — así parece — dejar paso a tareas más urgentes o deberes más fundamentales». De nuevo nos orienta Kant cuando asegura que «el hombre no tiene valor sino dignidad, ya que cualquier valor es conmensurable y puede entrar en un cálculo comparativo. Llamamos “dignidad”, por el contrario, a aquella propiedad merced a la cual un ser es excluido de cualquier cálculo, por ser él mismo medida del cálculo».

Las consideraciones anteriores nos pueden parecer difíciles cuando nos encontramos ante situaciones que nos parece que no podemos, o que realmente no podemos cambiar. De hecho, estamos acostumbrados a políticos que nos «explican no poder hacer de momento su política, porque no se dan las condiciones para ello. Esas personas no saben lo que significa la acción política. Lo que significa es: hacer algo lleno de significado, algo razonable en las actuales condiciones, que nosotros no hemos escogido, es decir, lo mejor que permiten esas circunstancias, y que quizás puede consistir en intentar cambiar esas condiciones». La cuestión, más en general, está en que «pertenece a las fundamentales obligaciones del hombre» cultivar la serenidad y facilitar a los demás una serena aceptación del destino: «la serenidad es una propiedad del hombre feliz» pero la felicidad, tal como lo expresó Baruch Spinoza, y con esta frase termina Spaemann su libro, «no es el premio de la virtud sino la virtud misma».

Robert Spaemann. Ética: Cuestiones fundamentales (Moralische Grundbergriffe, 1982), Pamplona: Eunsa, 2010, 9ª ed.; 136 pp.; col. Astrolabio; ISBN: 978-84-313-2335-6. [Vista del libro en amazon.es]

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