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viernes, 29 de mayo de 2020

La primera serie de los Episodios Nacionales


Como dije cuando comenté una reciente biografía de Benito Pérez Galdós pensé que debería volver a leer los Episodios Nacionales y las semanas del confinamiento han sido la oportunidad para leer al menos la primera serie. Inicio con esta nota una serie de comentarios a cada una de las novelas que la componen: mi propósito es contar con amplitud el argumento, poner párrafos donde se aprecie la gran maestría para las descripciones del autor, en especial de tipos humanos, e intentar así atraer a la lectura de la que considero la mayor obra de literatura «juvenil» española.

Cuando estaban de moda en toda Europa las novelas históricas, un Pérez Galdós de unos treinta años, se lanzó a escribir por entregas, en La Revista de España, una extensa crónica de la Guerra de la Independencia. Lo hizo a toda velocidad, «sin dar descanso a la pluma», diría más tarde, lo que por un lado explica sus fallos y a la vez muestra su enorme talento narrativo y constructivo. Para su proyecto eligió como protagonista y narrador a Gabriel Araceli, un muchacho gaditano huérfano que habla, como anuncia en Trafalgar, ya «en el ocaso de la existencia», y que apoya su narración, cuando lo necesita, en noticias de prensa o en testimonios de la época. En la mayoría de las novelas Gabriel está en el centro mismo de los acontecimientos, pero también se apoya en testimonios de otros para lo que no ha presenciado y, en uno de los episodios, Gerona, deja que cuente las cosas un amigo suyo que estuvo allí. El relato comienza en 1805 cuando tiene 14 años y termina presenciando y viviendo la batalla naval de Trafalgar —Galdós había charlado extensamente con un veterano que fue testigo de primera mano de lo que Gabriel narrará en su relato—, y termina después de La batalla de los Arapiles, que tuvo lugar en 1812.

El narrador normalmente se ciñe a los sucesos del presente pero a veces recuerda otros acontecimientos históricos que sus lectores de aquel momento recordarían y que le sirven al autor para llegar a su objetivo final de pintar un gran mural de la historia de España en el siglo XIX. Por ejemplo, en la tercera novela, al recordar las revueltas callejeras de 1808 contra las tropas napoleónicas, dirá: «Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo demás que existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo, y oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo, don Antero, progresista blindado, cuenta la picardía de O'Donnell el 56; D. Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males de España de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos, que fue de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta de la caída del Estatuto».

Perez Galdós demuestra una gran habilidad constructiva para ir colocando a su héroe en medio de muchos acontecimientos decisivos, o para ser el oyente privilegiado de testigos de primera mano en otros casos, y para ir dando voz a unos o a otros personajes, de distintas clases sociales, y así dejar claro al lector qué fue sucediendo y qué percepción tenía la gente de lo que iba pasando. También quedan claras sus intenciones de reivindicar a determinados personajes históricos, de hacer descripciones de muy distintos tipos humanos, de criticar en especial a los intransigentes y a los arribistas, y de mostrar las miserias del panorama político nacional del momento, nada distintas de las actuales y de siempre, viene a decirnos el narrador. Su tono es en muchos momentos dickensiano —el autor había sido traductor de Las aventuras de Pickwick, un trabajo no muy bueno pues Galdós no sabía tanto inglés y se apoyó en la traducción francesa, y Dickens llegó a ser su autor favorito—, tanto cuando el relato tiene acentos picarescos a lo Oliver Twist, como cuando adopta el mismo rechazo de Dickens en Historia de dos ciudades hacia los comportamientos abusivos de los aristócratas y hacia la cólera desatada de los revolucionarios.

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