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viernes, 14 de agosto de 2020

Gerona


Séptima novela de los Episodios Nacionales.

El relato comienza en 1810 con una especie de introducción en la que Gabriel hace balance de lo sucedido en el plano bélico hasta el momento y explica «la tormenta de malas pasiones que bramaba en torno a la Junta Central. Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y es que allí todos querían mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia y al honrado desvergüenza». En esa descripción de cómo «el poder central era un hervidero de intriguillas», continúa diciendo que «las ambiciones injustificadas, las miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse». Pide luego perdón por ocuparse de estos «sainetes de epopeya» y dice también que, con todo, «verdad es que las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país, que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España, hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha».

Hechas estas declaraciones, Gabriel cuenta cuáles fueron sus destinos después de haber vivido el sitio y la caída de Zaragoza y cómo, en ese momento, alistado en el ejército del Centro llega al Puerto de Santa María y allí coincide con Andrés Marijuán, a quien había conocido en Bailén, que «me entretuvo durante dos largas noches con la descripción de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en silencio». Toda la novela en adelante se ocupa ya de la narración de Andrés, en la que, aparte de contar la resistencia numantina de Gerona durante muchos meses —se podría decir que semejante a la de Zaragoza— y su caída final. El otro hilo que recorre su relato es su relación con Siseta, una chica con la que piensa casarse, con sus hermanos pequeños, y con un vecino que tienen, un anciano completamente obsesionado con que su propia hija no se dé cuenta de lo que ocurre a su alrededor y que les obliga a representar para ella «una farsa lúgubre». Este personaje le permite al narrador mostrar cómo hasta la gente más sencilla y buena puede comportarse con un egoísmo feroz: lo llama «la ley de las grandes calamidades públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante».

El narrador explica que ha modificado un poco la relación de Marijuán pues «su rudo lenguaje me causaba cierto estorbo al tratar de asociar su historia a las mías», advertencia que hace para que los lectores no se sorprendan de encuentran «observaciones y frases y palabras impropias de un muchacho sencillo y rústico». «Téngase presente, continúa, que en la época en que hablo, cuento algo más de ochenta años, vida suficiente a mi juicio para aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo un poco de lustre en el modo de decir». En su relato, como hizo al cantar las cualidades de Palafox, en este caso aplaude la figura del gobernador militar de Gerona, el «incomparable D. Mariano Álvarez de Castro, el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más alto extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio». Con su característico estilo sentencioso, al contar cómo fue torturado y muerto en prisión, el 22 de enero de 1810, el narrador declara que «aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, debía traer grandes catástrofes a quien lo perpetró o consintió, y no importa que los criminales, cada vez más orgullosos, se nos presentaran con aparente impunidad, porque ya vemos que el mucho subir trae la consecuencia de caer de más alto, de lo cual suele resultar el estrellarse».

Al final Gabriel hace una digresión de más amplio alcance por la que pedirá disculpas pero que tiene interés: «a mi juicio, Napoleón I y su efímero imperio, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba policía, tan sólo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas, apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho y sostenerse en constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum de desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. Ciertas voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, y si despojar a un viajante de su pañuelo se llama robo, para expresar la tala de una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar los grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos por otros… etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar; pero entretanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a sus dueños los objetos perdidos, y restableciendo el imperio moral, que nunca está por tierra largo tiempo».

[Vista del libro en la Biblioteca Virtual Cervantes y en amazon.es]

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