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jueves, 12 de noviembre de 2020

Nada es muy simple


El explorador del Amazonas, de Katherine Rundell, se desarrolla en los años 30 del siglo XX. Empieza cuando un avión en el que viajan cuatro chicos —Fred, el mayor, de unos doce años, con un padre rico que no le hace mucho caso; los hermanos Lila, de unos once, y Max, de cinco, hijos de unos científicos; y Contia, también de unos diez, que vive con su abuela—, se estrella en la selva amazónica y el piloto muere pero los chicos sobreviven. A partir de este comienzo —parecido al de El hacha—, la novela cuenta cómo los chicos se organizan para sobrevivir: además de las dificultades de tipo natural están las de sus distintos modos de ser y los problemas particulares que plantea un chico pequeño e hiperactivo como Max. Acaban encontrando un plano que les lleva a una famosa ciudad oculta en la selva donde hay un personaje misterioso, antiguo piloto, que, de modo reticente, les ayuda y acaba enseñándoles que no hay que «estar en la selva para ser exploradores: todos los seres humanos son exploradores. Explorar no es más que prestar atención en toda la amplitud de la palabra».

En las conversaciones entre los protagonistas se recuerdan las aventuras del desaparecido Percy Fawcett —las que se cuentan en Z, la ciudad perdida— y de algunos que le intentaron encontrar años después. La narración es tensa y está bien contada, por más que, a veces, haya frases impropias en boca de un niño de cinco años como Max o haya expresiones innecesariamente ampulosas —Fred come «intentando llenar el turbulento agujero abierto en el espacio normalmente ocupado por su estómago»—. Los chicos aprenden habilidades de supervivencia —a huir de las pirañas, a comer tarántulas, etc.—, y, de acuerdo con una sensibilidad de unas décadas después, entienden la necesidad de preservar las selvas amazónicas y que la mayor amenaza para los seres vivos es el ser humano (dejando al margen que, en su situación, los amenazados son ellos, y no lo están por otros seres humanos).

Tiene valor una conversación del final entre Fred y el explorador misterioso —de quien no se da el nombre aunque un buen lector lo descubrirá si repasa las conversaciones iniciales—. En ella, ante las quejas de Fred contra su padre, le dice que no lo juzgue tan rápido, que si lo conociera mejor seguramente le sorprendería, que «está en la naturaleza de los padres» no ser tan predecibles como parecen. Y cuando Fred intenta zanjar una cuestión con un «es muy simple», le interrumpe bruscamente: «No es “muy simple”, Fred. Debes dejar de decir esas palabras. Suprímelas de tu vocabulario. Casi nada es muy simple en la vida. (…) La verdad es tan espinosa y variada como la propia selva».

Katherine Rundell. El explorador del Amazonas (The Explorer, 2017). Barcelona: Salamandra, 2020; 251 pp.; trad. de Begoña Hernández Sala; ISBN: 978-84-18174-03-2. [Vista del libro en amazon.es]

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