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Notas del archivo 'Clásicos griegos y romanos' :: bienvenidosalafiesta ::    
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jueves, 13 de agosto de 2020

Otro estupendo libro de la colección Doce uvas: Acerca de la vejez, uno de los más breves y más vivaces tratados de Cicerón. El editor y traductor explica, en la breve presentación, cómo el autor nos presenta sentimientos personales, ejemplos históricos, recuerdos literarios y pensamientos filosóficos, en forma de diálogo. Cicerón hace hablar a Cayo Lelio (cónsul en el 190 a. C.), conocido como «el Sabio», y a Publio Cornelio Escipión (185-129 a. C.), llamado después «Africano el Menor», en el año 150 a. C., con Marco Porcio Catón «el Mayor» (234-149 a. C), también conocido por «el Censor», que es quien da las lecciones éticas a sus interlocutores. (De Catón mencioné, tiempo atrás, un libro con sus dichos y una buena biografía novelada sobre él de Eugenio Corti).

Algunas citas:

«Las más útiles armas de la ancianidad (…) son las artes y las ejercitaciones en la virtud, que, cultivadas durante toda una vida, en el caso de haber vivido mucho y largo tiempo, producen admirables frutos, no solo porque nunca nos abandonan —ni siquiera en el postrero momento de la vida, por más que constituya una cima—, sino también porque la consciencia de una vida bien llevada y de muchas obras bien hechas es el recuerdo más gozoso».

«Quienes niegan que la ancianidad pueda tener su lugar en la administración de las cosas (...) se comportan del mismo modo que alguien que dijera algo así como que un timonel nada hace a la hora de navegar, fijándose en que, mientras tanto, los unos trepan por los mástiles, los otros andan corriendo por la cubierta y otros achican la sentina, mientras que él se queda quieto, sentado en la popa, sosteniendo el timón. Y, sin embargo, hace algo mucho más grande y mejor. Las cosas de importancia se llevan a cabo no con la fuerza, la velocidad o la celeridad del cuerpo, sino con el juicio, la autoridad y el pensamiento. Y estas cosas son aquellas de las que la ancianidad no solo no se ve privada, sino en las que suele incluso abundar».

«Tenéis que recordar que, en todo mi discurso, estoy alabando la ancianidad que se sustenta sobre los fundamentos de una buena adolescencia. De ello que se confirma lo que, en una ocasión, dije con la firme aprobación de todos: que es desgraciada la ancianidad que tenga necesidad de defenderse con palabras. Ni el cabello cano ni las arrugas pueden sustraer repentinamente la autoridad, pero la edad superior que recoge los más altos frutos de autoridad es aquella que, previamente, se ha conducido con honestidad».

«Nadie jamás —Escipión— conseguirá convencerme de que tu padre Paulo o tus abuelos Paulo y Africano; ni de que el padre de Africano o su tío paterno; ni de que otros muchos excelentes varones que no es necesario traer a cuenta, se hubieran podido esforzar por cosas tan grandes que pasaran a la posteridad, si no hubieran concebido que, con ello, la posteridad se extendía hasta dar con ellos mismos. ¿O es que piensas que yo hubiera asumido trabajos tan grandes, durante noche y día, en las campañas de mi patria y del extranjero, si el término de mi gloria estuviera cortado con los mismos límites de mi vida física? En ese caso, ¿no habría sido mucho mejor pasar una vida ociosa y tranquila, sin trabajo ni contienda alguna?»

«Desconozco de qué otro modo el ánimo, elevado en sí mismo, hubiera podido tener puesta su vista siempre delante, hacia la posteridad, como si supiera con seguridad que, tras salir de la vida, fuera finalmente a seguir vivo. Estoy seguro de que este ánimo eminente no se esforzaría al máximo hacia la inmortalidad y la gloria a no ser que fuera su condición permanente la de ser inmortal».

Marco Tulio Cicerón. Acerca de la vejez (Cato Maior de senectute, 44 a.C.). Madrid: Rialp, 2016; 108 pp.; col. Doce uvas; trad. de Alberto del Campo Echevarría; ISBN: 978-8432145971. [Vista del libro en amazon.es]

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CiceronParadojas.jpg
jueves, 4 de junio de 2020

Otro de los excelentes libritos de la colección Doce uvas: Las paradojas de los estoicos, el más breve de los textos filosóficos de Cicerón. Es una selección de pensamientos, inspirados en los de Sócrates, presentados por el autor con ejemplos romanos. Los temas que le interesan, dice la presentadora y traductora, son «el contraste virtud/vicio; el valor de la honradez; el lugar que ocupa lo práctico; la gloria humana. Es, por tanto, un mensaje serio, presentado con cierto humor». Algunas de las notas que yo tomé fueron estas: 

«Las faltas no hay que medirlas por los resultados de los hechos, sino por los vicios de los hombres; aquello en lo que se falta puede ser mayor o menor, según los casos, pero el hecho de faltar es uno, lo mires por donde lo mires. Si un timonel hace naufragar un barco cargado de oro o de paja, en el resultado tiene alguna importancia, pero por lo que respecta a la ineptitud del timonel no hay diferencia».

«¿Qué es, pues, la libertad? El poder vivir como quieras. ¿Y quién vive como quiere sino aquel que sigue lo recto, quien se goza en su obligación, quien ha pensado y previsto su forma de vida, quien no obedece a las leyes por miedo, sino que las sigue y las obedece porque considera que es lo más saludable; quien no dice, ni hace, ni piensa nada sino gustosa y libremente, aquel cuyas decisiones y todo lo que lleva a cabo parten de él y a él mismo se refieren, y no hay nada que tenga ante él más valor que su propia voluntad y juicio; aquel ante quien cede la Fortuna misma, de la que se dice que tiene la máxima fuerza si, como dijo un sabio poeta, "ella se forja según la conducta de cada cual"».

«En la gran familia de los insensatos hay algunos demasiado ricos como para considerarse esclavos, pero sin embargo son esclavos, mayordomos y jardineros de su propia necedad, a quienes deleitan en exceso las estatuas, los cuadros, la plata labrada, las obras de arte corintias, los edificios magníficos».

«Debe ser tu espíritu el que se considere rico, no la consideración de la gente, ni tus posesiones. El que piensa que nada le falta, no se preocupa de nada más: está satisfecho e incluso contento con lo que posee; de acuerdo: es rico».

Marco Tulio Cicerón. Las paradojas de los estoicos (Paradoxa Stoicorum, 46 a.C.). Madrid: Rialp, 2016; 76 pp.; col. Doce uvas; introd. y trad. de Carmen Castillo; ISBN: 978-8432146770. [Vista del libro en amazon.es]

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SenecaClemencia.jpg
jueves, 28 de mayo de 2020

Otro excelente libro de la colección Doce Uvas: Sobre la clemencia, de Séneca. Fue un libro que el autor, preceptor del entonces joven emperador Nerón, compuso poco después de que su pupilo asesinase a Británico, se ve que con la intención, al fin infructuosa, de reconducirle por el buen camino (de hecho, pocos años después, Séneca fue obligado a darse muerte a sí mismo). Estos son unos párrafos:

«Esta es la clemencia que corresponde al príncipe: dondequiera que vaya, hacerlo todo más apacible».

«La perversidad no presta sus servicios por mucho tiempo, ni hace solo el mal que se le ordena hacer».

«¿Es quizá justo mandar a un hombre con más fuerza y dureza de la que se emplea con los animales mudos? Un maestro experto en la doma no espanta al caballo con frecuentes latigazos porque se haría temeroso y contumaz si no lo acariciasen con suavidad».

«Del mismo modo que a los dueños crueles se los señala en toda la ciudad y son odiosos y detestables, así también la injusticia de los reyes se hace patente con más amplitud, y su mala fama y el odio contra ellos se transmite a la posteridad; cuánto mejor es no haber nacido que ser contado entre los nacidos para el mal común».

«Porque de la misma manera que no es magnánimo el que es generoso con lo ajeno sino el que se priva de lo propio para darlo a otro, así llamaré clemente no al que es condescendiente ante el dolor ajeno, sino a aquel que, cuando es violentamente atacado, no salta; al que entiende que es propio de un ánimo grande soportar las ofensas cuando se tiene un poder supremo, y que nada hay más digno de alabanza que un príncipe ofendido impunemente».

Lucio Anneo Séneca. Sobre la clemencia (De clementia, 55). Madrid: Rialp, 2017; 114 pp.; introducción y trad. de Carmen Castillo; ISBN: 978-8432148330. [Vista del libro en amazon.es]

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KallifatidesAsedioTroya.jpg
viernes, 22 de mayo de 2020

Otra vida por vivir y El asedio de Troya, del griego afincado en Suecia Theodor Kallifatides, fueron libros que leí debido a esta reseña y a esta otra: en ellas se da cuenta de sus contenidos y de sus méritos.

De Otra vida por vivir, un relato del autor acerca del bloqueo creativo que le sobrevino a los 75 años, me han parecido interesantes algunas consideraciones de distinto tipo.

Unas relativas al trabajo literario como esta: «Cuando alguien comienza a salvaguardar la escritura, cuando se siente escritor, cuando cuelga letreros con su nombre en las puertas, es que está acabado. La escritura es como un manantial. Puedes ornamentarlo con estatuas, adornarlo con una preciosa fuente, construir alrededor del borbotón una placita y sembrarla de sicomoros. Pero nada de eso es lo que hace que el agua fluya. Es la presión desde las oscuras profundidades de la tierra la que crea la erupción del agua. Eso no quiere decir que el escritor deba esperar de brazos cruzados a que el huevo hierva. Al contrario. Ha de trabajar continuamente, escribir y leer para aprender a valorar a otros escritores, algo por lo que ninguno de nosotros siente natural inclinación. Ha de entrenarse en el ejercicio de la abstinencia, no detenerse frente a cada vitrina que tiene delante».

Otras acerca de formas de afrontar las dificultades de la vida: «Mi abuela no era periodista, ni filósofa, pero solía decir que «las palabras no tienen huesos, pero los rompen». Sabía lo que casi todo el mundo sabe: que una palabra puede hacer más daño que el cuchillo más filoso. Decir algo es hacer algo. Mi abuela, como la mayoría de las mujeres de su época, había vivido momentos muy difíciles. Guerras, hambre, enfermedades, pérdidas de seres queridos. En una ocasión le pregunté cómo aguantaba, y no me respondió con palabras. Simplemente señaló el cielo con el dedo. Si alguien ofendía sus iconos, insultaba a su dios, humillaba a sus santos en nombre de la libertad de expresión, quizá lo perdonara, pero era incapaz de entender una barbarie semejante. Y menos aún si el culpable afirmaba ser inocente. Mi abuela no era alta, pero en altura moral no había quien la superara».

De El asedio de Troya me han parecido logradas dos cosas. Una, el marco con el que el autor logra que el telón de fondo bélico y la relación entre el narrador y su amiga Dimitra vayan puntuando los distintos episodios de la Ilíada de forma que se facilita el descanso y se aviva el interés del lector. Otra, la forma que tiene la maestra de contar la obra de Homero a sus alumnos: la de presentarles a los protagonistas y de narrar los enfrentamientos entre aqueos y troyanos tan de acuerdo con los acentos de la historia original, y la de hacer algunas consideraciones al paso que van ayudando a entender el interés universal y permanente de la obra de Homero.

Así, a Héctor se lo presenta como «un dirigente capaz de hacer que los hombres que huían se pusieran en pie, de convertir una derrota en victoria», que «iba por delante de todos con su escudo redondo y su casco adornado con crines, que atemorizaba a los aqueos tanto como había atemorizado a su hijo pequeño», y a quien los hombres seguían «igual que va una ola tras otra en un mar tempestuoso». Una escena centrada en Aquiles se describe así: «Con la rapidez de un incendio en un bosque árido corría Aquiles con sus caballos de un lugar a otro con la muerte tras de sí. Su carro estaba manchado de sangre, sus manos también, pero él aún no estaba satisfecho, sino que seguía batallando de manera más encarnizada que las mismas erinias, diosas de la venganza».

En un momento del relato el narrador hace una pausa y dice: «Quien viera el campo de batalla desde lejos quizás creyera que ambos ejércitos estaban danzando unos con otros. A ratos, Héctor y los suyos dirigían el baile y a ratos, Áyax y los suyos. Adelante y atrás como las olas del mar. Podía incluso parecer hermoso. Pero sólo a mucha distancia». En otro señala el inevitalbe destino de Helena: «Ganara quien ganara la guerra, ella siempre sería la derrotada». En otro más apunta lo que, sobre todas las cosas, deseaba transmitir Homero: que «la pena no tiene patria ni fronteras», que «la guerra es fuente de lágrimas y de que en ella no hay vencedores».

Theodor Kallifatides. Otra vida por vivir (Ännu ett liv, 2017). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2019; 160 pp.;  trad. de Selma Ancira; ISBN: 978-8417747152. [Vista del libro en amazon.es]
Theodor Kallifatides. El asedio de Troya (Slaget om Troja, 2018). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2020; 176 pp.; trad. de Neila García: ISBN: 978-8417971533. [
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domingo, 9 de febrero de 2014

En su biografía se cuenta que Virgilio pidió que, si no volvía de Grecia, se quemara su Eneida, inconclusa y, en su opinión, demasiado imperfecta. Augusto se negó porque esperaba mucho de esa obra y porque sentía que era necesaria para el Imperio. Confió su edición a los amigos del poeta con la indicación de que no le hicieran más que los retoques indispensables y, sobre todo, que no le agregaran nada. Y continúa Pierre Grimal:

«Uno comprende las razones que impulsaron a Augusto a salvar la Eneida: después del triple triunfo del año 29 a.C., exaltado por Virgilio, se habían acumulado las dificultades para el príncipe. Muchas tentativas para perpetuar el milagro y asegurar la concordia se habían revelado infructuosas; duelos, traiciones, intrigas, enfermedades, habían demorado la celebración de los juegos seculares. En el año 19 a. C., cuando murió Virgilio, el cielo parecía más sereno. ¿La predicción de la Égloga cuarta estaba por realizarse? El pequeño Cayo, hijo de Julia y Agripa, ¿sería testigo de la “nueva edad de oro”? Era importante para eso que la Eneida sobreviviera, inclusive inconclusa. Ella sola podía, después de las Bucólicas y las Geórgicas, dar su plena significación, su dimensión secular, a los ritos de la Roma que comenzaba a aparecer. Arribo de los troyanos a Italia, de los descendientes de Eneas a Roma, luchas alrededor de Lavinio de Ostia, predestinación de los Julios, victoria sobre Cartago, de la razón de Estado sobre la pasión, y esta continuidad que, desde los tiempos legendarios, converge a eso que cada uno veía: la larga línea de triunfadores sobre el foro de Augusto en torno a Marte Vengador. Todo eso sería más evidente, más fácil, si uno descubría, gracias a Virgilio, que el Destino había preparado, desde hacía tiempo, la Roma de Augusto. La Eneida fue salvada no solo porque era bella, sino por lo que importaba para la salvación del mundo».

Pierre Grimal. Virgilio o el segundo nacimiento de Roma (Virgile ou La seconde naissance de Rome, 1985). Madrid: Gredos, 2011; 227 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad., prólogo y notas de Hugo Francisco Bauzá; ISBN: 978-84-249-2150-7.

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RomillyTragedia.JPG
domingo, 27 de octubre de 2013

La tragedia griega, de Jacqueline de Romilly, es una magnífica obra de síntesis que hace comprender sus rasgos propios y las aportaciones sucesivas de Esquilo, Sófocles y Eurípides.
 
En ella dice su autora que muchas obras modernas «se fundan en la amargura y el desaliento. Denuncian. Desesperan. Y por eso la diferencia con la tragedia se muestra claramente. Porque la tragedia vive de la acción e implica heroísmo. Construida alrededor de un acto que hay que llevar a cabo, la tragedia implica una afirmación del hombre. La palabra “drama” quiere decir acción. Porque, en la tragedia, se lucha. Se intenta obrar bien. Y todo lo que se hace, tanto para bien como para mal, se revela especialmente grávido de consecuencias».

La fe que la tragedia griega tiene en el hombre, continúa, «explica que, en todo tiempo, las desgracias representadas en la tragedia aparezcan ahí bajo una cierta luz que redime su horror o su amargura. El ejemplo de Antígona es su prueba resplandeciente, porque, si contempláramos la obra de Sófocles, nadie se quedaría jamás en el aspecto desolador de la obra: guardaríamos más bien en el corazón la admiración por la heroína. Y en todos los momentos de la historia hubo hombres que encontraron en ella estímulo y aliento».

Jacqueline de Romilly. La tragedia griega (La tragédie grecque, 1970). Madrid: Gredos, 2011; 192 pp.; col. Biblioteca de estudios clásicos; trad. de Jordi Terré; ISBN: 978-84-249-2152-1. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 20 de octubre de 2013

Esquilo: creador de la tragedia es un antiguo libro que merece la pena conocer. Dice su autor, Gilbert Murray, que la tragedia es «casi exclusivamente una forma artística griega. El drama es común a toda la raza humana pero la tragedia como institución apenas si se encuentra más que en la Grecia clásica y en las sociedades de influencia griega». Desde su autorizado punto de vista, Murray dice que la tragedia es «la canción o la ficción que trata de “las muertes y los terribles infortunios” y nos concede la revelación —o tal vez la ilusión— de que hay otros valores accesibles para el hombre, más allá de los valores obvios de la vida o la muerte física, de felicidad o sufrimiento, y que, al alcanzarlos, el espíritu humano puede vencer a la muerte y la vence en efecto». Pues bien, quien estableció la tragedia en ese sentido, su creador por tanto, fue Esquilo, un autor que supo aportar grandeza o majestad a historias previas, que fue un innovador en la técnica escénica, y que demostró una enorme fuerza intelectual como pensador.

Gilbert Murray. Esquilo: creador de la tragedia (Aeschylus. The Creator of Tragedy, 1940). Madrid: Gredos, 2013; 207 pp.; trad. de Julia Alquézar; ISBN: 978-84-249-1050-1.

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sábado, 12 de octubre de 2013

Borges: La Odisea podemos leerla de dos maneras o, si se quiere, podemos leer en ella dos historias: «el regreso de Ulises a su casa y las maravillas y peligros del mar. Si tomamos la Odisea en el primer sentido, entonces tenemos la idea del regreso, la idea de que vivimos en el destierro y nuestro verdadero hogar está en el pasado o en el cielo o en cualquier otra parte, que nunca estamos en casa.

Si la leemos en el segundo sentido, y podemos pensar en la versión árabe de la Odisea contenida en Las mil y una noches, los siete viajes de Simbad el marino, la Odisea no es «la historia de un regreso, sino un relato de aventuras; y creo que como tal lo leemos. Cuando leemos la Odisea, creo que lo que sentimos es el encanto, la magia del mar; lo que sentimos es lo que el navegante nos revela. Por ejemplo: no tiene ánimo para el arpa, ni para la distribución de anillos, ni para el goce de la mujer, ni para la grandeza del mundo. Así tenemos las dos historias en una: podemos leerla como un retorno a casa y como un relato de aventuras, quizá el más admirable que jamás haya sido escrito o cantado».

Jorge Luis Borges. «El arte de contar historias», en Arte poética. Seis conferencias (This Craft or verse, conferencias pronunciadas en 1967). Barcelona: Crítica, 2005; 181 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Justo Navarro; prólogo de Pere Gimferrer; edición, notas y epílogo de Calin-Andrei Mihailescu; ISBN: 84-8432-603-9.

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sábado, 5 de octubre de 2013

Borges: Homero contaba «la historia de un hombre, un héroe, que ataca una ciudad que sabe que no conquistará nunca, un hombre que sabe que morirá antes de que la ciudad caiga; y la historia aun más conmovedora de los hombres que defienden una ciudad cuyo destino ya conocen, una ciudad que ya está en llamas. Yo creo que éste es el verdadero tema de la Ilíada. Y, de hecho, los hombres siempre han pensado que los troyanos eran los verdaderos héroes. Pensamos en Virgilio, pero también podríamos pensar en Snorri Sturluson, que, en su más joven edad, escribió que Odín —el Odín de los sajones, el dios— era hijo de Príamo y hermano de Héctor. Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados, y no con los griegos victoriosos. Quizá sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas le corresponde a la victoria».

Jorge Luis Borges. «El arte de contar historias», en Arte poética. Seis conferencias (This Craft or verse, conferencias pronunciadas en 1967). Barcelona: Crítica, 2005; 181 pp.; col. Biblioteca de bolsillo; trad. de Justo Navarro; prólogo de Pere Gimferrer; edición, notas y epílogo de Calin-Andrei Mihailescu; ISBN: 84-8432-603-9.

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jueves, 20 de diciembre de 2012

Ernle Bradford, un experto marino que combatió durante la segunda Guerra Mundial y que luego navegó durante varias décadas por el Mediterráneo en barcos de todos los tamaños, es el autor de En busca de Ulises, un libro muy ameno que sigue paso a paso el argumento de la Odisea para constatar su gran precisión siempre que trata sobre cuestiones marineras. Se ha de buscar en bibliotecas, pues está descatalogado.

Dice Bradford que siempre que Homero describe «un puerto, un fondeadero, o cualquier azar de la navegación, se advierte en sus palabras un notable acento de autenticidad, algo distinto por completo a la invención poética», que sí se nota en otros tramos de su relato. Así, por ejemplo, «en la Odisea parece darse por supuesto que los barcos no tienen otra opción que dejarse llevar por la tormenta o por los vientos fuertes», algo que «coincide con los datos de que disponemos sobre estos primeros barcos: su vela cuadrada sólo podía usarse si el viento les llegaba de popa, y con sus remos de hoja ancha sería prácticamente imposible remar contra el viento, cualquiera que fuese la fuerza de los remeros». O, por ejemplo, cuando se cuenta que Ulises construye una balsa, el relato homérico «es realista y detallado como sacado de un manual especializado».

Al final, el autor dice: «sean cuales sean los aspectos mitológicos de Ulises y de su viaje, yo aquí no he perseguido otra cosa que tratar de mostrar que el viaje descrito por Homero tiene por origen un hecho real. He pasado parte de los mejores años de mi vida navegando por el Mediterráneo y jamás he intentado penetrar en el bosquecillo sagrado de los estudios clásicos. Lo único que ha ocurrido es que, a lo largo de esos años, he visto repetidas veces puertos, fondeaderos, islas y trechos de costa con ojos que no eran míos. En ocasiones esta sensación era tan misteriosa como si realmente me encontrara con que me habían puesto ante los ojos unos extraños gemelos que me daban una perspectiva nueva, insólita, detallada, de algo que hasta entonces me había parecido familiar. ¡Imaginaciones! Sí, bueno, pero es que yo tengo la idea, quizás pasada de moda, de que la “la imaginación se puede comparar con el sueño de Adán, que despertó y encontró que era verdad”».

Ernle Bradford. En busca de Ulises (Ulysses Found, 1964). Barcelona: Muchnik, 1989; 295 pp.; col. Literatura; trad. de Jesús Pardo; ISBN: 84-76690800.

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sábado, 3 de noviembre de 2012

En nuestra cultura, que por un lado tiene tan en cuenta lo artístico a la vez que tiende a ignorar lo informativo, y por otro piensa en la poesía oral como un entretenimiento basado en técnicas para la improvisación, nos cuesta valorar la clase de poesía propia de una cultura basada en la comunicación oral como era la Grecia de Homero.

En una cultura oral así —una cultura oral primaria—, dice Eric Havelock, «toda expresión “útil” —histórica, técnica, moralmente útil—, para sobrevivir de forma más o menos normalizada, ha de asentarse en la memoria viviente de quienes integran el grupo cultural. Desde el punto de vista de nuestro actual análisis, la épica ha de considerarse, antes que ninguna otra cosa, un acto de evocación y de recuerdo. Su auténtica musa es Mnemósyne, en quien se simboliza no sólo la memoria —considerada como fenómeno mental—, sino sobre todo el acto entero de evocación, recuerdo, conmemoración, y memorización que se cumple en el verso épico. Para un escritor romano, la musa podía representar la invención aplicada tanto al contenido como a la forma».

Además, como «los archivos de una cultura cuya comunicación es enteramente oral están en los ritmos y fórmulas impresos en la memoria viviente», su poesía propia tiene como misión la preservación de una tradición magistral, tal como vemos en las fórmulas homéricas. «El arte en tiempos de Homero tenía una importancia y una funcionalidad que no ha conocido en ninguna otra época. El arte poseía un control de la educación y el gobierno del que no se vio despojado hasta que la escritura se puso al alcance y servicio del poder político». El dominio de esa clase de poesía, funcional, magistral y enciclopédica, «condujo a los griegos al dominio de otros tipos de ritmo. Su supuesta desventaja en la lucha por la cultura —concretamente, su analfabetismo— constituyó de hecho su principal ventaja».

Eric A. Havelock. Prefacio a Platón (Preface to Plato, 1963). Madrid: Visor, 1994; 286 pp.; col. Visor Literatura y debate crítico; trad. de Ramón Buenaventura; ISBN: 84-7774-717-2.

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sábado, 27 de octubre de 2012

Explica Eric Havelock que, en las sociedades prealfabéticas, la poesía cumplía la función de ser una memoria viva y era, por tanto, recreativa y funcional. En ese tipo de sociedades, «la única tecnología verbal capaz de garantizar la conservación y la estabilidad de lo transmitido consistía en la palabra rítmica hábilmente organizada según modelos métricos y verbales lo suficientemente únicos como para retener la forma. Tal es la génesis histórica, la fons et origo, la causa originaria del fenómeno que aún hoy denominamos poesía».

El modelo de lo anterior es Homero, el último representante de la composición puramente oral, un poeta enciclopédico cuyos recursos, verbales y rítmicos, hacen pensar en los utilizados en las canciones infantiles. Pero su poder, además de nacer de su enorme talento, «emana de su función, y su función no lo eleva directamente por encima del espíritu humano, sino que lo ensancha horizontalmente hacia los confines de la sociedad para la que canta. Homero acepta hasta lo más hondo su sociedad, pero no por decisión personal, sino por mor de su papel de cronista y preservador. De ahí su desapasionamiento: carece de cuentas personales que ajustar, incluso de punto de vista estrictamente individual». Y su épica «poseía unas facultades de evocación, de grandeza, de logro psicológico, únicas en su género. Aún careciendo de disciplina descriptiva o analítica, se bastaba para proveer una vida emocional completa. Era una vida sin examen de conciencia, pero nada ni nadie la ha superado aún en su capacidad de manejar los recursos del inconsciente y armonizarlos con lo consciente».

Otra nota basada en este libro: Una poesía funcional y enciclopédica.

Eric A. Havelock. Prefacio a Platón (Preface to Plato, 1963). Madrid: Visor, 1994; 286 pp.; col. Visor Literatura y debate crítico; trad. de Ramón Buenaventura; ISBN: 84-7774-717-2.

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sábado, 20 de octubre de 2012

Virgilio convirtió la Eneida «en una leyenda de la dignidad casi divina que pertenece a los vencidos. Esta fue una de las tradiciones que verdaderamente prepararon al mundo a la venida del cristianismo y especialmente a la caballerosidad cristiana. (...) A lo largo de toda la época medieval y moderna encontramos las virtudes del conflicto homérico cooperando de muchas formas distintas con el sentimiento cristiano. (...) Todo tipo de gente consideraba como el más alto grado de nobleza poder justificar su descendencia del mismísimo Héctor. Nadie parece haber deseado descender de Aquiles. (...) El nombre de Héctor provoca un curioso hecho lingüístico que raya casi en la broma. El nombre se utiliza para vanagloria de los soldados vencedores. Ciertamente, nadie en la antigüedad fue menos dado que Héctor a vanagloriarse, pero la jactancia del conquistador tomó su título del conquistado».

G. K. Chesterton. El hombre eterno (The Everlasting Man, 1925). Madrid: Cristiandad, 2004; 348 pp.; trad. de Mario Ruiz Fernández; ISBN 10: 84-7057-488-4.

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sábado, 13 de octubre de 2012

El autor más veces evocado por Borges fue Homero, señala Carlos García Gual, pues «la poesía de Borges es, en una gran medida, como la de los poetas helenísticos, un arte alusiva. Procede por evocación de otros textos y quiere suscitar ecos con sus numerosos nombres propios y citas vagas o precisas. Toda la obra de Borges es la de un escritor que se recrea en jugar con la tradición literaria y en mezclar lo vivido con lo leído, el mundo y la biblioteca confundidos».

Carlos García Gual. «Borges y los clásicos de Grecia y Roma», Sobre el descrédito de la literatura y otros avisos humanistas (1999). Barcelona: Península, 1999; 319 pp.; col. Ficciones; ISBN: 84-8307-192-4.

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sábado, 6 de octubre de 2012

Ernst Jünger: «El secreto de la Odisea y de su influencia está en que ofrece una parábola del camino de la vida. Detrás de la imagen de Escila y Caribdis se esconde una protofigura. El ser humano sobre el que pesa la cólera de los dioses se mueve entre dos peligros, cada uno de los cuales intenta sobrepasar en horror al otro. Así, en las batallas de cerco el ser humano se encuentra entre la muerte en combate y la muerte en cautiverio. Ve que su vida depende de aquel estrecho y espantoso desfiladero que queda entre esas dos clases de muerte».

Ernst Jünger. Radiaciones I (Strahlungen I: Gärten und Strassen, Das erste Pariser Tagebuch, Kaukasische Aufzeichnungen, 1979). Barcelona: Tusquets, 1989; 461 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-110-0.

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domingo, 11 de octubre de 2009

De la Ilíada
es un breve libro de Rachel Bespaloff (1895-1949), ucraniana de origen judío, profesora en Estados Unidos en los últimos años de su vida. En él hace comentarios sobre los protagonistas de la Iliada, señala relaciones entre Homero y Tolstoi, y entre el mundo griego y el bíblico. Ejemplos:

—«En definitiva —y contrariamente a lo que afirman nuestros economistas—, los pueblos que se enfrentan por los mercados, las materias primas, las tierras fértiles y sus tesoros, se baten en primer lugar y siempre por Helena. Homero no mintió».

—«Homero supera infinitamente a Tolstói en espíritu de equidad. El poeta ruso no puede dejar de empequeñecer y rebajar al adversario de su pueblo, hasta dejarlo desnudo a nuestros ojos. El griego, en cambio, no humilla ni al vencedor ni al vencido, y ha querido que Aquiles y Príamo se rindieran mutuamente homenaje. (...) Homero no muestra preferencia ni parcialidad por los suyos, y no es entre estos donde escoge a quien convierte en el modelo humano por excelencia: Héctor, un troyano».

—Hay un determinado modo «de decir lo verdadero, de proclamar lo justo, de buscar a Dios y de honrar al hombre. Que nos fue enseñado al comienzo y que no deja de sernos enseñado de nuevo por la Biblia y por Homero».

Rachel Bespaloff. De la Ilíada (De l’Illiade, 1943). Barcelona: Minúscula, 2009; 120 pp.; trad. de Rosa Rius Gatell; posfacio de Herman Broch; ISBN: 978-84-95587-49-7.

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domingo, 4 de octubre de 2009

Jacqueline de Romilly:
La Ilíada «expresa los sentimientos humanos más esenciales de todos, presentándolos bajo la forma más desnuda posible», «sentimientos fundamentales o, si se prefiere, intemporales», «emociones que «responden a las grandes situaciones humanas: un ataque al honor, las demandas de afecto, la pérdida del ser más querido en el mundo. Y aquí esas emociones se presentan en su esencia misma, sin detalles ni particularidades».

Carlos García Gual: «En la Ilíada se ofrece una perspectiva épica sobre la trágica condición humana, sobre la ferocidad de la guerra, la frivolidad y la belleza de héroes y dioses, y las ilustres hazañas que las aladas palabras del poeta salvan del olvido. Se aprenden muchas cosas del poeta, cuando se le conoce a fondo: la magnanimidad, el esplendor de las cosas, los horizontes de la aventura, y la humanidad de un mundo donde no hay buenos ni malos sino gente sufriendo y actuando. Ni en Homero ni en los trágicos griegos hay el menor resquicio para el fanatismo».

Jacqueline de Romilly. ¿Por qué Grecia? (Pourquoi la Grèce?, 1992). Madrid: Debate, 1997; 264 pp.; col. Temas de Debate; trad. de Olivia Bandrés; ISBN: 84-8306-049-3.
Carlos García Gual. «El eclipse de la literatura», Sobre el descrédito de la literatura y otros avisos humanistas (1999). Barcelona: Península, 1999; 319 pp.; col. Ficciones; ISBN: 84-8307-192-4.

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domingo, 11 de mayo de 2008

Dice Eric Auerbach que Homero «no conoce ningún segundo plano. Lo que él nos relata es siempre presente, y llena por completo la escena y la conciencia». En su obra no hay ningún procedimiento subjetivo-perspectivista, «creador de primeros y segundos planos» como sí lo hay, por el contrario, en las narraciones bíblicas. Esos dos estilos contradictorios, el homérico y el bíblico, pueden sintetizarse así: «Por un lado, figuras totalmente plasmadas, uniformemente iluminadas, definidas en tiempo y lugar, juntas unas con otras en un primer plano y sin huecos entre ellas; ideas y sentimientos puestos de manifiesto, peripecias reposadamente descritas y pobres en tensión. Por el otro, las figuras están trabajadas sólo en aquellos aspectos de importancia para la finalidad de la narración, y el resto permanece oscuro; únicamente los puntos culminantes de la acción están acentuados, y los intervalos vacíos; el tiempo y el lugar son inciertos y hay que figurárselos; sentimientos e ideas permanecen mudos, y están nada más que sugeridos por medias palabras y por el silencio; la totalidad, dirigida hacia un fin con alta e ininterrumpida tensión y, por lo mismo, tanto más unitaria, permanece misteriosa y con trasfondo».

Erich Auerbach. Mímesis. La representación de la realidad en la literatura occidental (Mimesis: Dargestelle Wirklichkeit in der Abendländischen Literatur, 1942). México: Fondo de Cultura Económica, 1996, 6ª reimpr.; 533 pp.; col. Lengua y estudios literarios; trad. de de I. Villanueva y E. Ímaz; ISBN: 968-16-0282-X. [Vista del libro en amazon.es]

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