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Notas del archivo 'Benito Pérez Galdós' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 11 de septiembre de 2020

Décima y última novela de la primera serie de los Episodios Nacionales.

Lord Wellington, al frente de las fuerzas españolas, portuguesas e inglesas, pide un voluntario para que se introduzca en Salamanca, espíe allí la disposición de las fuerzas francesas, y regrese para informarle. Gabriel se ofrece porque sabe que, dentro de la ciudad, están Inés y su padre, a la espera de poder marcharse a Francia, y desea impedirlo. Una joven y desenvuelta inglesa, Miss Fly, entra en contacto con él, y como tiene buenos contactos en uno y otro lado, consigue facilitarle las cosas en los momentos críticos. Aunque al principio Inés no actúa como Gabriel pretende, pues no quiere dejar a su padre de ninguna manera y desea una imposible reconciliación entre su padre y su madre, todo terminará felizmente para los enamorados. Antes, el narrador describirá con detalle la batalla de los Arapiles.

Al general inglés se le describe así: «Representaba Wellington cuarenta y cinco años, y esta era su edad, la misma exactamente que Napoleón, pues ambos nacieron en 1769, el uno en mayo y el otro en agosto. El sol de la India y el de España habían alterado la blancura de su color sajón. Era la nariz, como antes he dicho, larga y un poco bermellonada; la frente, resguardada de los rayos del sol por el sombrero, conservaba su blancura y era hermosa y serena como la de una estatua griega, revelando un pensamiento sin agitación y sin fiebre, una imaginación encadenada y gran facultad de ponderación y cálculo. Adornaba su cabeza un mechón de pelo o tupé que no usaban ciertamente las estatuas griegas; pero que no caía mal, sirviendo de vértice a una mollera inglesa. Los grandes ojos azules del general miraban con frialdad, posándose vagamente sobre el objeto observado, y observaban sin aparente interés. Era la voz sonora, acompasada, medida, sin cambiar de tono, sin exacerbaciones ni acentos duros, y el conjunto de su modo de expresarse, reunidos el gesto, la voz y los ojos, producía grata impresión de respeto y cariño».

De la batalla final, «uno de los más sangrientos dramas del siglo, el verdadero prefacio de Waterloo, donde sonaron por última vez las trompas de la Ilíada del Imperio», el narrador contará los despliegues y movimientos de los ejércitos franceses y aliados, contará distintas acciones con detalle, y elogiará mucho la valentía de los ingleses: «Yo había visto cosas admirables en soldados españoles y franceses, tratándose de atacar; pero no había visto nada comparable a los ingleses tratando de resistir. Yo no había visto que las columnas se dejaran acuchillar. El viejo tronco inerte no recibe con tanta paciencia el golpe de la segur que lo corta, como aquellos hombres la bayoneta que los destrozaba. Repetidas veces rechazaron a los franceses haciéndoles correr mucho más allá de la ermita. Había gente para todo; para morir resistiendo y para matar empujando». (…) Aquellos ingleses no se parecían a los hombres que yo había visto. Se les mandaba una cosa, un absurdo, un imposible, y lo hacían, o al menos lo intentaban».

Una de las escenas bélicas más intensas la protagoniza la caballería de Stapleton Cotton, que, «penetrando por entre las descompuestas filas, daba una de las cargas más brillantes, más sublimes y al mismo tiempo más horrorosas que pueden verse. (…) Los gritos de los jinetes, el brillo de sus cascos, el relinchar de los corceles que regocijaban en aquella fiesta sangrienta sus brutales e imperfectas almas, ofrecían espectáculo aterrador. Indiferentes como es natural, a las desdichas del enemigo, los corazones guerreros se endiosaban con aquel espectáculo. La confianza huye de los combates, deidad asustada y llorosa, conducida por el miedo; no queda más que la ira guerrera que nada perdona, y el bárbaro instinto de la fuerza, que por misterioso enigma del espíritu se convierte en virtud admirable».

La otra parte de la novela, las andanzas de Gabriel en busca de Inés, cumplen su función de ir atando los cabos que faltan para dejar ya tranquilos y felices a los héroes y a los lectores. El personaje de Miss Fly resulta demasiado artificial, por más que al autor le sirva para poner de manifiesto la visión sentimental y romántica que tenían de lo español algunos ingleses; también, de su capacidad de asombro ante lo que ven y que al español no le admira. Suenan demasiado empalagosas algunas declaraciones de Gabriel e Inés que llegan después de choques previos entre ambos debidos a que pretenden seguir cursos de acción distintos. La parte final le sirve al autor para introducir el que será un gran tema de los siguientes episodios: el peso de la masonería en la sociedad española de las siguientes décadas del siglo.

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viernes, 28 de agosto de 2020

Novena novela de los Episodios Nacionales.

Al comienzo Gabriel de Araceli forma parte de las tropas mandadas por Juan Martín el Empecinado, lo que le sirve para contar sus acciones y las de otros guerrilleros que actuaban por libre pero que, a veces, se ponían a las órdenes del ejército regular. Contrastará el modo generoso de actuar del Empecinado —«un guerrillero insigne que siempre se condujo movido por nobles impulsos, y fue desinteresado, generoso, leal, y no tuvo parentela moral con facciosos, ni matuteros, ni rufianes, aunque sin quererlo, y con fin muy laudable, cual era el limpiar a España de franceses, enseñó a aquellos el oficio»—, con el de otros como Mosén Antón Trijueque, un personaje atrabiliario que dirá de sí mismo que no cabe debajo de nadie ni ha nacido para la obediencia. En medio de sus aventuras, que incluirán aquí el caer prisionero de los franceses, un Gabriel ya muy asentado humanamente no pierde vista sus objetivos de liberar a Inés, en manos de su padre, que pretende llevársela con él a Francia, y procura transmitir serenidad a su madre después de un intento fallido: «Tengo la seguridad de que lo conseguiré. Señora, Dios está con nosotros; y si en la ocasión terrible que acaba de pasar no nos ha favorecido, es porque nos exige mayores y más nobles esfuerzos para merecer el galardón de su misericordia infinita. Señora condesa —añadí levantándome—, ánimo. Dios está con nosotros».

Pero lo que lleva el peso del relato, como dije, son las acciones de los guerrilleros, en especial de Trijueque. De él dice Gabriel que «era un gigante, un coloso, la bestia heroica de la guerra, de fuerte espíritu y fortísimo cuerpo, de musculatura ciclópea, de energía salvaje, de brutal entereza, un pedazo de barro humano, con el cual Dios podía haber hecho el físico de cuatro almas delicadas; era el genio de la guerra en su forma abrupta y primitiva, una montaña animada, el hombre que esgrimió el canto rodado o el hacha de piedra en la época de los primeros odios de la historia; era la batalla personificada, la más exacta expresión humana del golpe brutal que hiende, abolla, rompe, pulveriza y destroza». Su modo de actuar en medio de una batalla la describe así: «El brazo derecho del clérigo, armado de sable, era un brazo exterminador que no caía sino para mandar un alma al otro mundo. Detrás de él ¿quién podía ser cobarde? Su horrible presencia infundía pánico a los contrarios, los cuales ignoraban a qué casta de animales pertenecía aquel gigante negro, que parecía dotado de alas para volar, de garras para herir y de incomprensible fluido magnético para desconcertar. Un tigre que tomara humana forma, no sería de otra manera que como era mosén Antón».

Don Juan Martín era «un Hércules de estatura poco más que mediana, una organización hecha para la guerra, una persona de considerable fuerza muscular, un cuerpo de bronce que encerraba la energía, la actividad, la resistencia, la terquedad, el arrojo frenético del Mediodía, junto con la paciencia de la gente del Norte. (…) En el hablar era tardo y torpe, pero expresivo, y a cada instante demostraba no haber cursado en academias militares ni civiles. Tenía empeño en despreciar las formas cultas, suponiendo condición frívola y adamada en todos los que no eran modelo de rudeza primitiva y sí de carácter refractario a la selvática actividad de la guerra de montaña. Sus mismas virtudes y su benevolencia y generosidad eran ásperas como plantas silvestres que contienen zumos salutíferos, pero cuyas hojas están llenas de pinchos. Poseía en alto grado el genio de la pequeña guerra, y después de Mina, que fue el Napoleón de las guerrillas, no hubo otro en España ni tan activo ni de tanta suerte. Estaba formado su espíritu con uno de los más visibles caracteres del genio castizo español, que necesita de la perpetua lucha para apacentar su indomable y díscola inquietud, y ha de vivir disputando de palabra u obra para creer que vive».

Explica el narrador cómo «en las guerrillas no hay verdaderas batallas; es decir, no hay ese duelo previsto y deliberado entre ejércitos que se buscan, se encuentran, eligen terreno y se baten. Las guerrillas son la sorpresa, y para que haya choque es preciso que una de las dos partes ignore la proximidad de la otra. La primera calidad del guerrillero, aun antes que el valor, es la buena andadura, porque casi siempre se vence corriendo. Los guerrilleros no se retiran, huyen y el huir no es vergonzoso en ellos. La base de su estrategia es el arte de reunirse y dispersarse. Se condensan para caer como la lluvia, y se desparraman para escapar a la persecución; de modo que los esfuerzos del ejército que se propone exterminarlos son inútiles, porque no se puede luchar con las nubes. Su principal arma no es el trabuco ni el fusil, es el terreno; sí, el terreno, porque según la facilidad y la ciencia prodigiosa con que los guerrilleros se mueven en él, parece que se modifica a cada paso prestándose a sus maniobras». En una ocasión pide disculpas al lector por su «puerilidad casi indisculpable» al detenerse a contar las hazañas de Trijueque, menos importantes sin duda que las de don Juan Martín, «pero yo quiero que aquí, como en la Naturaleza, las pequeñas cosas vayan al lado de las grandes, enlazadas y confundidas, encubriendo el misterioso lazo que une la gota de agua con la montaña y el fugaz segundo con el siglo, lleno de historia».

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viernes, 21 de agosto de 2020

Octava novela de los Episodios Nacionales.

Gabriel llega a Cádiz a principios de 1810. Allí, el 24 de septiembre, tiene lugar la primera sesión de las Cortes, a la que solo pudieron acudir 102 diputados. Antes, presencia la agitación de la ciudad con ese motivo: «Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza, juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurrió al gran acto, los más por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otros porque habían oído hablar de las Cortes y querían saber lo que eran». Él mismo estará presente: «Señores oyentes o lectores, estas orejas mías oyeron el primer discurso que se pronunció en asambleas españolas en el siglo XIX. (…) La atención era profunda, y jamás voz alguna fue oída con más respeto. (…) El discurso no fue largo, pero sí sentencioso, elocuente y erudito. En un cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la faz de la nación el programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la última palabra expiró en sus labios, y se sentó recibiendo las felicitaciones y los aplausos de las tribunas, el siglo décimo octavo había concluido. El reloj de la historia señaló con campanada, no por todos oída, su última hora, y realizose en España una de las principales dobleces del tiempo». Más adelante recordará que «los discursos de aquel día memorable dejaron indeleble impresión en el ánimo de cuantos los escucharon. ¿Quién podría olvidarlos? Aún hoy, después que he visto pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los de aquel día fueron los más elocuentes, los más sublimes, los más severos, los más superiores entre todos los que han fatigado con sus palabras la atención de la madre España. ¡Qué claridad la de aquel día! ¡Qué oscuridades después, dentro y fuera de aquel mismo recinto!...»

En ese ambiente, Gabriel entra en contacto estrecho con la familia Rumblar, en cuyos salones oye comentarios sobre los acontecimientos, tiene ocasión de conocer mejor a las hijas de la condesa y hermanas de don Diego, y sobre todo también de tratar más a Inés. Conoce a un atractivo joven inglés, lord Gray, muy seguro de sí mismo: «Uno de los principales martirios de mi vida, el mayor quizás, es la vana aquiescencia con que se doblegan ante mí todas las personas que trato», le dice. La relación que Gabriel tendrá con él pasará por distintas etapas: al principio piensa que está cortejando a Inés y luego verá que a quien pretende es a una de las hijas de la condesa, aprenderá esgrima con él y finalmente se batirán en duelo. Es un personaje característico el de la condesa de Rumblar, una mujer de clase alta, ridículamente celosa del honor que cree tener y que piensa que se le debe por su posición social, moralmente rígida en la forma en que educa a sus hijas pero indulgente al máximo respecto a su hijo: refiriéndose a él dirá que «a cada cual se le debe educar según su destino. En posiciones elevadísimas no puede sostenerse todo el rigor de los principios».

Un rasgo que se puede destacar de la novela, como de otras, es la viveza que tienen las descripciones, en este caso de algunos ambientes miserables. Así, dirá el narrador que «en Cádiz no han abundado tanto como en otros lugares los mendigos haraposos y medio desnudos, esos escuadrones de gente llagada, sarnosa e inválida que aún hoy nos sale al encuentro en ciudades de Aragón y Castilla. Pueblo comercial de gran riqueza y cultura, Cádiz carecía de esa lastimosa hez; pero en aquellos tiempos de guerra muchos pedigüeños que pululaban en los caminos de Andalucía, refugiáronse en la improvisada corte». Lord Grey, en un desahogo retórico que demuestra un notable conocimiento de la literatura española, se despide de toda esa gente que trató —«mendigos, aventureros, devotos, que vestís con harapos el cuerpo y con púrpura y oro la fantasía»— y se pregunta: «¿Es esta una masa podrida que no sirve ya para nada? ¿Debéis desaparecer para siempre, dejando el puesto a otra cosa mejor, o sois capaces de echar fuera la levadura picaresca, oh nobles descendientes de Guzmán de Alfarache?… Adiós, Sr. Monipodio, Celestina, Garduña, Justina, Estebanillo, Lázaro, adiós».

La novela terminará terminará con la noticia de que, pocos días antes, el 16 de mayo de 1811, había tenido lugar la sangrienta batalla de La Albuera, en Extremadura, entre las fuerzas francesas y las formadas por tropas españolas, inglesas y portuguesas.

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viernes, 14 de agosto de 2020

Séptima novela de los Episodios Nacionales.

El relato comienza en 1810 con una especie de introducción en la que Gabriel hace balance de lo sucedido en el plano bélico hasta el momento y explica «la tormenta de malas pasiones que bramaba en torno a la Junta Central. Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y es que allí todos querían mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia y al honrado desvergüenza». En esa descripción de cómo «el poder central era un hervidero de intriguillas», continúa diciendo que «las ambiciones injustificadas, las miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse». Pide luego perdón por ocuparse de estos «sainetes de epopeya» y dice también que, con todo, «verdad es que las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país, que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España, hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha».

Hechas estas declaraciones, Gabriel cuenta cuáles fueron sus destinos después de haber vivido el sitio y la caída de Zaragoza y cómo, en ese momento, alistado en el ejército del Centro llega al Puerto de Santa María y allí coincide con Andrés Marijuán, a quien había conocido en Bailén, que «me entretuvo durante dos largas noches con la descripción de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en silencio». Toda la novela en adelante se ocupa ya de la narración de Andrés, en la que, aparte de contar la resistencia numantina de Gerona durante muchos meses —se podría decir que semejante a la de Zaragoza— y su caída final. El otro hilo que recorre su relato es su relación con Siseta, una chica con la que piensa casarse, con sus hermanos pequeños, y con un vecino que tienen, un anciano completamente obsesionado con que su propia hija no se dé cuenta de lo que ocurre a su alrededor y que les obliga a representar para ella «una farsa lúgubre». Este personaje le permite al narrador mostrar cómo hasta la gente más sencilla y buena puede comportarse con un egoísmo feroz: lo llama «la ley de las grandes calamidades públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante».

El narrador explica que ha modificado un poco la relación de Marijuán pues «su rudo lenguaje me causaba cierto estorbo al tratar de asociar su historia a las mías», advertencia que hace para que los lectores no se sorprendan de encuentran «observaciones y frases y palabras impropias de un muchacho sencillo y rústico». «Téngase presente, continúa, que en la época en que hablo, cuento algo más de ochenta años, vida suficiente a mi juicio para aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo un poco de lustre en el modo de decir». En su relato, como hizo al cantar las cualidades de Palafox, en este caso aplaude la figura del gobernador militar de Gerona, el «incomparable D. Mariano Álvarez de Castro, el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más alto extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio». Con su característico estilo sentencioso, al contar cómo fue torturado y muerto en prisión, el 22 de enero de 1810, el narrador declara que «aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, debía traer grandes catástrofes a quien lo perpetró o consintió, y no importa que los criminales, cada vez más orgullosos, se nos presentaran con aparente impunidad, porque ya vemos que el mucho subir trae la consecuencia de caer de más alto, de lo cual suele resultar el estrellarse».

Al final Gabriel hace una digresión de más amplio alcance por la que pedirá disculpas pero que tiene interés: «a mi juicio, Napoleón I y su efímero imperio, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba policía, tan sólo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas, apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho y sostenerse en constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum de desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. Ciertas voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, y si despojar a un viajante de su pañuelo se llama robo, para expresar la tala de una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar los grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos por otros… etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar; pero entretanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a sus dueños los objetos perdidos, y restableciendo el imperio moral, que nunca está por tierra largo tiempo».

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viernes, 31 de julio de 2020

Sexta novela de los Episodios Nacionales.

Novela en la que hay numerosas y detallistas descripciones de acciones de combate del sitio de Zaragoza, que tuvo lugar a principios de 1809. El narrador cuenta, de oídas, una batalla que tuvo lugar el 21 de diciembre, «una de las más gloriosas del segundo sitio de la capital de Aragón», en la que no se detiene más porque, dice, «son tantos y tan interesantes los encuentros que más adelante habré de narrar, que conviene cierta sobriedad en la descripción de estos sangrientos choques». Cuenta después, ya como protagonista, «el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente, en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y sitiados», con ataques de los franceses, contraataques de los zaragozanos, escaramuzas casa por casa en una «laberíntica guerra de madrigueras», situaciones de falta de alimentos y de fiebres que diezman la población, combatientes de toda clase, entre ellos frailes que exhortaban a los sitiados «furor místico, inspirado en el libro de los Macabeos», etc. Todo el relato resalta el esfuerzo de los franceses por conquistar la ciudad —a la que traen «grande aparato de gente, formidables máquinas, enormes cantidades de pólvora, preparativos científicos y materiales, la fuerza y la inteligencia en su mayor esplendor»—, y cómo, detrás de una deleznable defensa material, «está el acero de las almas aragonesas, que no se rompe, ni se dobla, ni se funde, ni se hiende, ni se oxida y circunda todo el recinto como una barra indestructible por los medios humanos».

Anudado con este hilo está el de la familia Montoria, con la que Gabriel entra en contacto al llegar a Zaragoza. Don José de Montoria, uno de los jefes de la resistencia, un personaje que «no conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres era refractario a la mentira discreta y a los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía», tiene un hijo, Agustín, que está ennoviado en secreto con María, la hija de un avaro, enemigo de don José, cuya descripción dickensiana no tiene desperdicio: «viejo, encorvado, con aspecto miserable y enfermizo, de mirar oblicuo y desapacible, flaco de cara y hundido de mejillas, Candiola se hacía antipático desde el primer momento. Su nariz corva y afilada como el pico de un pájaro lagartijero, la barba igualmente picuda, los largos pelos de las cejas blanquinegras, la pupila verdosa, la frente vasta y surcada por una pauta de paralelas arrugas, las orejas cartilaginosas, la amarilla tez, el ronco metal de la voz, el desaliñado vestir, el gesto insultante, toda su persona, desde la punta del cabello, mejor dicho, desde la bolsa de su peluca hasta la suela del zapato, producía repulsión invencible. Se comprendía que no tuviera ningún amigo». Candiola dirá, en medio del caos de la batalla, que «es un pecado mortal, es un delito imperdonable dejarse matar, cuando se deben piquillos que el acreedor no podrá cobrar fácilmente».

En las acciones bélicas el narrador se detiene en las que encabezan algunas mujeres, como una tal Manuela Sancho que arrastra a un ataque primero a uno, luego a tres, «luego muchos, y al fin todos los demás, azuzados por los jefes que a sablazos nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación portentosa, por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo a sentimientos que se comunicaban a todos sin que nadie supiera de qué misterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimos valientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que movidos todos por una fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos a la lucha tras la heroica mujer». Y, como más de una vez en la serie, el narrador contrasta estas actuaciones con las afirmaciones de algunos varones como, en este caso, Agustín Montoria, que le dice a su novia María: «tú eres una mujer, y una mujer débil, sensible, tímida, incapaz de matar a un hombre, como no le mates de amor. El cuchillo se te hubiera caído de las manos y no habrías manchado tu pureza con la sangre de un semejante. Esos horrores se quedan para nosotros los hombres, que nacemos destinados a la lucha, y que a veces nos vemos en el triste caso de gozar arrancando hombres a la vida».

Son notables las descripciones de las luchas en túneles casa por casa: «este trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra a nada del mundo puede compararse. Parecíanos haber dejado de ser hombres, para convertirnos en otra especie de seres, insensibles y fríos habitantes de las cavernas, lejos del sol, del aire puro y de la hermosa luz. Sin cesar labrábamos largas galerías, como el gusano que se fabrica la casa en lo oscuro de la tierra y con el molde de su propio cuerpo. Entre los golpes de nuestras piquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los franceses, y después de habernos batido y destrozado en la superficie, nos buscábamos en la horrible noche de aquellos sepulcros para acabar de exterminamos». Llegaban luego las luchas con «arma blanca a lo largo de las galerías. Todo aquello parecía una pesadilla, una de esas luchas angustiosas que a veces trabamos contra seres aborrecidos en las profundas concavidades del sueño: pero era cierto y se repetía a cada instante en diversos puntos».

Pero, sobre todo, en la novela tiene un papel fundamental Palafox, a quien se dedican no pocos párrafos: «Debía en gran parte su prestigio a su gran valor; pero también a la nobleza de su origen, al respeto con que siempre fue mirada allí la familia de Lazán y a su hermosa y arrogante presencia. (..) Lo que más que nada hacía simpático al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor juvenil con que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de tocar un ideal de gloria. (…) Si carecía de dotes intelectuales para dirigir obra tan ardua como aquella, tuvo el acierto de reconocer su incompetencia, y rodeose de hombres insignes por distintos conceptos. Estos lo hacían todo, y Palafox quedábase tan sólo con lo teatral. Sobre un pueblo en que tanto prevalece la imaginación, no podía menos de ejercer subyugador dominio aquel joven general, de ilustre familia y simpática figura, que se presentaba en todas partes reanimando a los débiles y distribuyendo recompensas a los animosos. Los zaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes, su constancia, su patriotismo ideal con ribetes de místico y su fervor guerrero. Lo que él disponía, todos lo encontraban bueno y justo. (…) Su rostro expresaba siempre una confianza suprema, y en él la triunfal sonrisa infundía coraje como en otros el ceño feroz. (…) Como comprendía por instinto que parte del éxito era debido, más que a lo que tenía de general a lo que tenía de actor, siempre se presentaba con todos sus arreos de gala, entorchados, plumas y veneras, y la atronadora música de los aplausos y los vivas le halagaban en extremo».

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viernes, 24 de julio de 2020

Quinta novela de los Episodios Nacionales.

En ella se detalla el cerco de los ejércitos napoleónicos a Madrid, y luego su entrada en la capital. «La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de Mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular, y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres». Todo termina cuando, al fin, José Bonaparte es proclamado rey. Por otro lado, Gabriel está en medio de un maremágnum de personajes, intentando no perder contacto con Inés y siguiendo, sobre todo, las andanzas del insensato don Diego Rumblar, que no hace más que pedirle dinero para las deudas que adquiere: «D. Diego me hizo una pintura horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad de sus bolsillos; dijo después que se iba a suicidar, y luego me llamó insigne varón, ilustre amigo y el más caballeroso y caritativo de los hombres, siendo de notar que todos estos rodeos, elipsis, metonimias e hipérboles terminaron con pedirme dos reales».

Galdós escribió esta novela en un mes, cosa que se nota en que se deja llevar por su ímpetu dialéctico y en que hace desfilar por su obra muchos personajes de las clases populares, podríamos decir que innecesarios para el desarrollo de sus hilos argumentales. Dedica espacio a las andanzas de un tal señor de Mañara, «persona de alta posición por aquellos días, (...) a punto de ser nombrado regidor de Madrid». Cuando el narrador cuenta un episodio en el que los españoles fueron engañados se pregunta si fue Mañara el autor de la traición y dice: «Histórica, no hija de nuestra invención, es la persona de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus hábitos manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios bajos; histórica es también la Zaina, y tan históricos como la jura en Santa Gadea y el compromiso de Caspe, son sus amores con el regidor, su abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza (...). Para saber todo esto basta leer media página de la historia mejor y más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en este eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo oiréis razones para contestar categóricamente a la pregunta que antes hice» de si Mañara fue o no el responsable de la traición.

Se suceden las escaramuzas y combates callejeros, siempre con malos resultados para los patriotas. «En resumen: mucha, muchísima gente de última hora; pocas y malas armas; ningún concierto, falta de quien supiese mandar aunque fuese un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de piernas; un continuo ir y venir, con la añadidura inseparable de gritos, amenazas y recelos mutuos, y la contera de los gallardetes, escarapelas, banderolas, signos, letreros y emblemas, que tanto emboban al pueblo de Madrid». En otro momento, el narrador se lamentará de que «el pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por la tierra. Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados, y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor».

También en estas situaciones proliferan los personajes de todo tipo, unos miserables, o simplemente aprovechados, como «el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos», y otros dignos sucesores de don Quijote, como el veterano Gran Capitán, cuyos parlamentos asombran y encienden a Gabriel: «Eche Vd. a los moros, descubra y conquiste Vd. toda la América, invente usted las más sabias leyes, extienda Vd. su imperio por todo lo descubierto de la tierra, levante Vd. los primeros templos y monasterios del mundo, someta Vd. pueblos, conquiste ciudades, reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego caer a los pies de un miserable Emperadorcillo salido de la nada, tramposo y embustero. Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan acá con que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber de los madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y quemar la ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis compañeros se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid está deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la mísera vida al honor».

Es Inés, con todo, quien sostiene la esperanza de Gabriel con palabras que, aunque se refieren al amor que se tienen, también se aplican a la difícil situación social y política que les rodea: «Tengamos confianza en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se hace de pronto fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que cuando las cosas deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños suele a veces triunfar de la de los grandes». El narrador lo acepta: «al decir estas palabras que indicaban junto con un firme amor, un profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad».

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viernes, 17 de julio de 2020

Cuarta novela de los Episodios Nacionales.

La batalla de Bailén, en la que el general Castaños hizo frente y derrotó a tres divisiones francesas, avivó mucho el sentimiento patriótico nacional pues fue la primera derrota que sufrió el ejército napoleónico en Europa. La novela contará con detalle cómo fue la batalla y, antes, la extraña composición del ejército español: «Se formó de lo que existía; entraron a componer aquel gran amasijo la flor y la escoria de la Nación; nada quedó escondido, porque aquella fermentación lo sacó todo a la superficie, y el cráter de nuestra venganza esputaba lo mismo el puro fuego, que las pestilentes lavas. Removido el seno de la patria, echó fuera cuanto habían engendrado en él los gloriosos y los degenerados siglos; y no alcanzando a defenderse con un solo brazo, trabajó con el derecho y el izquierdo, blandiendo con aquel la espada histórica y con este la navaja».

Pero, antes de llegar a ese punto, veremos a Gabriel y otros compañeros viajando hacia el sur para terminar alistándose como soldados de caballería del «pequeño pero brillante ejército de San Roque»: Gabriel esperaba encontrar a Inés en Córdoba y quería entrar en esa ciudad como soldado y no como un andrajoso vagabundo. Entre sus compañeros, que desempeñarán papeles importantes en el futuro, estarán un hombre algo mayor, un afrancesado llamado Luis de Santorcaz, que más adelante sabremos que es masón, y un joven aragonés de unos veinte años, Andresillo Marijuán, que «iba a servir de mozo de mulas a un pueblo de Andalucía, en casa de la señora condesa de Rumblar, su ama y señora, pues en las fincas que esta poseía en tierra de Almunia de Doña Godina, había nacido aquel mancebo». Más adelante conocerá al joven y pánfilo hijo de la condesa, don Diego, y a sus jóvenes, bondadosas y románticas hermanas, una destinada al claustro y otra al matrimonio, que, nos dirá el narrador, «las pobrecillas veían desaparecer un mundo y nacer otro nuevo sin darse cuenta de ello».

Este hilo de la novela sirve sobre todo para poner las bases de lo que ocurrirá en las posteriores y desplegar las intrigas familiares que se van urdiendo en torno a Inés. Importa más, por un lado, la descripción de la opinión pública nacional, en la que toman parte sabihondos de salón que se presentan como expertos conocedores de todos los secretos y que nunca son capaces de reconocer su ignorancia: «cesen las impertinentes preguntas que en vano amenazan el inexpugnable alcázar de mi discreción»; y en la que interviene la prensa de la época, que «reproducía despachos y noticias que remitían de todas partes. Dictábalas el entusiasmo y las devoraba la credulidad, y como nadie las discutía, el efecto era inmenso». A la vez, el narrador explica y se recrea en cómo se dio en aquel momento una creciente marea de patriotismo que lo acabó inundando todo y se tradujo en donativos de toda clase para equipar al ejército: «Aprended, generaciones egoístas. Leed las listas de donativos hechos por los gremios, por los comerciantes, por los nobles y hasta por los mendigos».

Por otro lado, lo fundamental está en todos los pormenores de la gran batalla. En primer lugar, por ejemplo, esta es la descripción que hace Gabriel cuando ve por primera vez al general Castaños pasando revista a las tropas: «Parecía tener cincuenta años, y por cierto que me causó sorpresa su rostro, pues yo me lo figuraba con semblante fiero y ceñudo, según a mi entender debía tenerlo todo general en jefe puesto al frente de tan valientes tropas. Muy al contrario, la cara del general Castaños no causaba espanto a nadie, aunque sí respeto, pues los chascarrillos y las ingeniosas ocurrencias que le eran propias las guardaba para las intimidades de su tienda. Montaba airosamente a caballo, y en sus modales y apostura había aquella gracia cortés y urbana, que tan común ha sido en nuestros Césares y Pompeyos».

Luego, he aquí un ejemplo de una intensa descripción de unos combates que presencia Gabriel: «El regimiento de Órdenes, uno de los más valientes del ejército, se arrojó sobre el enemigo con una impavidez que a todos nos dejó conmovidos de entusiasmo. Su coronel D. Francisco de Paula Soler, parecía dar fuego a todos los fusiles con la arrebatadora llama de sus ojos, con el gesto de su mano derecha empuñando la espada que parecía un rayo, con sus gritos que sobresalían entre el granizado tiroteo, sublimando a los soldados. La metralla y la fusilería enemiga se recrudecieron de tal modo, que casi toda la primera fila del valiente regimiento de Órdenes cayó, cual si una gigantesca hoz la segara»… Pero entonces los soldados imperiales «avanzaron a la bayoneta, pujantes, aterradores, irresistibles. ¡Momento de incomparable horror! Figurábaseme ver a dos monstruos que se baten mordiéndose con rabia, igualmente fuertes y que hallan en sus heridas, en vez de cansancio y muerte, nueva cólera para seguir luchando».

Y otro ejemplo, pero esta vez de un combate que protagoniza el mismo Gabriel: «mi caballo flaqueó de sus cuartos traseros. Intenté hacerle avanzar, clavándole impíamente las espuelas: el noble animal, comprendiendo sin duda la inmensidad de su deber y tratando de sobreponerle a la agudeza de su dolor, dio algunos botes; pero cayó al fin escarbando la tierra con furia. El desgraciado había recibido una violenta herida en el vientre, y falto de palabra para expresar su padecimiento, bramaba, aspirando con ansia el aire inflamado, sacudía el cuello, parecía dar a entender que hallando un charco de agua en que remojar la lengua sus dolores serían menos vivos, y al fin se abandonó a su suerte, tendiéndose sobre el campo, indiferente al ruido del cañón y al toque de degüello».

Al final, el narrador quiere conducir al lector a comprender que «España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, iba a probar, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las Naciones son invencibles». Y, también, a que reflexione acerca de los misteriosos designios de la Providencia: «Así los granos de arena pesan a veces como montañas en el destino de un ser humano, y lo que es gota de agua en el cauce de la generalidad, es río impetuoso en el de uno solo, o viceversa, según lo que nosotros llamamos antojos de allá arriba, y no es sino concierto sublime, que no podemos comprender, como no puede una hormiga tragarse el sol».

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viernes, 19 de junio de 2020

Tercera novela de los Episodios Nacionales.

1808. Dos acontecimientos centrales: en marzo, el motín que haría caer a Godoy —«era aquella la primera vez que veía al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde entonces le aborrezco como juez», dice Araceli—; y en mayo, la revuelta popular del día 2 —«raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y por lo tanto una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos»—. En medio de los acontecimientos, llevados de un lugar para otro, están Gabriel, Inés, su tío, y otros personajes. Poco a poco, el héroe aprende: «las contrariedades me habían dado alguna experiencia; conocía ya los rudimentos de la ciencia del corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas, merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida». En lo que se refiere a las aventuras del héroe lo que importa es que, al final, Inés es secuestrada y desaparece.

Abundan, como siempre, los adjetivos descriptivos magníficos: una voz becerrona, una mano lagartijera… Asoman, también como siempre, la ironia zumbona y los conocimientos literarios del autor: el narrador dice que estaban en la taberna «pidiendo Lopito para sí aguardiente de Chinchón, y yo tintillo de Arganda», y continúa: «No estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres, porque cerca de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra naturaleza física y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros, en cuyas fisonomías reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de Lavapiés, de aquellos que invocó con épico acento el poeta al decir: Grandes, invencibles héroes, que en los ejércitos diestros de borrachera, rapiña, gatería y vituperio, fatigáis las faltriqueras».

Entre los muchos personajes singulares que destaca la narración hay varias mujeres combatientes cuyo comportamiento heroico y feroz desmiente las afirmaciones masculinas típicas: «en este día el llanto es indigno aun en las mujeres» dirá un anciano. Por ejemplo, esta escena de combates callejeros en la Puerta del Sol: «—Ven acá, Judas Iscariote —exclamó la Primorosa, dirigiendo los puños hacia un mameluco que hacía estragos en el portal de la casa de Oñate—. ¡Y no hay quien te meta una libra de pólvora en el cuerpo! ¡Eh, so estantigua!, ¿pa qué le sirve ese chisme? Y tú, Piltrafilla, echa fuego por ese fusil, o te saco los ojos. Las imprecaciones de nuestra generala nos obligaban a disparar tiro tras tiro».

Pero aquí destaco la descripción que hace de un tipo muy particular que reaparecerá más adelante: «Juan de Dios era sin género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es la risa, que no da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y la hortera en que ha de guardar el dinero; un hombre que en todas las ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional».

Como en Trafalgar reivindicó a varios marinos españoles al frente de la flota, en esta novela Galdón reivindica las figuras de dos oficiales de artillería desconocidos que hicieron frente a un asalto de las tropas francesas en las calles de Madrid: «Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas, instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración de guerra por las juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha que empezó a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad». Hablará después de Pedro Velarde, Luis Daoiz y otros, y terminará su historia estando presente y siendo una de las víctimas del 2 de mayo.

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viernes, 12 de junio de 2020

Segunda novela de los Episodios Nacionales.

1807. El acontecimiento histórico en el centro del relato es el de una conjura del príncipe Fernando y sus seguidores contra su padre, el rey Carlos IV. Gabriel vive en Madrid como aprendiz en una imprenta y como criado de una actriz —«mi trabajo, si no escaso, era divertido y muy propio para adquirir conocimiento del mundo en poco tiempo»—. Conoce a Inés —una modista de 14 años que vive con su madre, viuda, que al final de la novela fallecerá diciéndole que no es su verdadera madre—, y entra al servicio de la intrigante Condesa Amaranta (nombre ficticio que se refiere a la Duquesa de Alba). Así Gabriel entra en contacto con ambientes cortesanos y populares de Madrid, lo que le permitirá ir presentando gente de muy distinto tipo, cosa que hace, dice, «para que se comprenda qué clase de espantajos había entonces para regocijo de aquella generación. En cuanto a mí, siempre me han hecho gracia estos tipos de la vanidad humana, que son sin disputa los que más divierten y los que más enseñan». Sin embargo, el narrador mostrará bien cómo se sintió fascinado por «estar en palacio, creyendo que sólo por el contacto del suelo que pisaban mis pies, tenía nuevos títulos a la consideración del género humano; y como cuantos llevamos la generosa sangre española en nuestras venas, somos propensos a la fatuidad, no pude menos de creerme un verdadero y genuino personaje».

Como el mismo narrador reconocerá, en ocasiones hace digresiones que le desvían de los hilos de su historia: el de los acontecimientos públicos y el de sus afanes privados. En esta novela tiene un especial interés, y también encaja de lleno con las andanzas del héroe, la que dedica al teatro de la época. Se describen bien las discusiones que había entre un tipo de teatro y otro, se cuenta el modo en que los partidarios de unos y otros abucheaban e intentaban hacer fracasar las obras de los rivales. Se discute también, por boca de distintos personajes, la valía de unos y otros dramaturgos: cuando Gabriel le dice al pedante Cascaciruelas que le parece bien la intención de un autor de censurar los vicios de la educación del momento, su interlocutor le responde diciéndole que nadie le manda al autor meterse en esas filosofías y que nada tiene que ver la moral con el teatro. El narrador terminará con una defensa cerrada de Leandro Fernández de Moratín: de él dice Gabriel que, «en sus conversaciones era siempre mucho menos festivo que en sus escritos; pero tenía semejanza con éstos por la serenidad inalterable en las sátiras más crueles, por el comedimiento, el aticismo, cierta urbanidad solapada e irónica, y la estudiada llaneza de sus conceptos. Nadie le puede quitar la gloria de haber restaurado la comedia española, y El sí de las niñas, en cuyo estreno tuve, como he dicho, parte tan principal, me ha parecido siempre una de las obras más acabadas del ingenio».

El contacto con gente de toda clase propicia que vaya en aumento el conocimiento propio del narrador, lleno de juvenil ignorancia y equivocado patriotismo, pues «me hallaba por más señas en la edad en que somos tontos», reconocerá. Pero, después de varios tristes episodios, dirá de sí mismo que «he sido un alma de cántaro; pero bien dice el señor cura, [el tío de Inés], que la experiencia es una llama que no alumbra sino quemando»; dirá que «salí decidido a huir para siempre del vergonzoso arrimo de cómicos y danzantes, de damas intrigantuelas y de hombres corrompidos y fatuos»; que, «después de tanto abatimiento», había hecho «una nueva conquista de inmenso valor, la idea del honor»; que desde ahora sus objetivos se centrarían en «llegar a ser persona de provecho; pero de modo que mis acciones me enaltezcan ante los demás y al mismo tiempo ante mí, porque de nada vale que mil tontos me aplaudan, si yo mismo me desprecio».

Pero todo será posible gracias a Inés, una chica de la que al principio piensa que es muy buena pero tiene pocos alcances e incluso se lo dice a ella: «Al fin eres mujer, y las mujeres... como no sea hacer calceta, y de poner el puchero a la lumbre, de nada entienden una higa. Este negocio que tratamos no es para tu pobre cabecita. Los hombres son los que lo entendemos bien, porque tenemos un modo de ver las cosas más por lo alto, porque en fin, tenemos más talento». Pero Gabriel irá dándose cuenta de que las cosas son al revés: «Inés tenía el don especialísimo de poner todas las cosas en su verdadero lugar, viéndolas con luz singular y muy clara, concedida a su privilegiado entendimiento, sin duda para suplir con ella la inferioridad que le negó la fortuna». (…) Todo en ella era sencillez, hasta su hermosura, no a propósito para despertar mundano entusiasmo amoroso, sino semejante a una de esas figuras simbólicas, que no están materialmente representadas en ninguna parte; pero que vemos con los ojos del alma, cuando las ideas agitándose en nuestra mente, pugnan por vestirse de formas visibles en la oscura región del cerebro».

Más adelante dirá: «Puedo decir comparando mi espíritu con el de Inés, y escudriñando la radical diferencia entre uno y otro, que el de ella tenía un centro y el mío no». Un centro que, cuando muere su madre, el narrador describirá diciendo que era el suyo «un dolor resignado, propio de quien acostumbraba a relacionar las penas y las alegrías con la voluntad de arriba». El narrador, antes de cerrar este capítulo, recuerda la acción de la Providencia en su vida del siguiente modo: «cuando se acerca el fin de la jornada, causa cierto gozo el considerar de qué extraña manera nos prepara la Providencia, allá en los comienzos de nuestra vida, el camino que hemos de recorrer y hasta los tropiezos o facilidades, penas y alegrías que en él hemos de encontrar. El tránsito de la niñez a la juventud parece el esbozo de un drama, cuyo plan apenas se entrevé en el balbuciente lenguaje de los primeros afectos y en la indecisión turbulenta de las primeras acciones varoniles».

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viernes, 5 de junio de 2020

Primera novela de los Episodios Nacionales.

1805. Gabriel de Araceli terminará participando en la batalla de Trafalgar pues se alista como criado de un viejo oficial. De acuerdo con lo que vio y oyó, y echando mano también de lo que ya sabe, cuenta los preparativos de la flota española, critica las decisiones de su jefe, el almirante francés Villeneuve, narra después algunas acciones bélicas decisivas en las que participó, y alaba el valor, junto «la previsión, la serenidad, la inquebrantable firmeza», de figuras como «D. Cosme Damián Churruca y D. Dionisio Alcalá Galiano». Como hará en otras ocasiones y a propósito de más personajes, el narrador se lamentará de que tales hombres «no hayan tenido un jefe digno de su valor» y no se les encargase del mando de la escuadra, igual que más adelante también dirá que «parece mentira que el Rey trate tan mal a los que le sirven».

El narrador, un tipo simpático, y pícaro si hace falta, habla con metáforas populares bien integradas en los escenarios. Por ejemplo, después de haber desobedecido a su patrona, esta le abronca, «furiosa, y sin previo aviso me descargó en la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería que me hizo ver las estrellas», y además siguió vapuleándole: «la zurra continuó en la forma siguiente: yo caminando a la cocina, lloroso y avergonzado, después de arriada la bandera de mi dignidad, y sin pensar en defenderme contra tan superior enemigo; Doña Francisca detrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos golpes de su mano. En la cocina eché el ancla, lloroso, considerando cuán mal había concluido mi combate naval». Esta conciencia de su orfandad, de verse a sí mismo solo y abandonado, irá desapareciendo con el paso del tiempo: Gabriel irá dejando atrás los lamentos por su situación personal y sus quejas sobre la imposibilidad de aspirar a mejorar su posición social, e irá madurando.

En cada novela de la serie aparecen personajes de todo tipo, algunos descritos con detalle y extraordinaria viveza. En esta, son buenos ejemplos el matrimonio que adoptó a Gabriel, la citada doña Francisca y su marido, el capitán de navío retirado don Alonso, y un viejo marinero amigo de quien se dice lo siguiente: «Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros Medio-hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durante cuarenta años. En la época de mi narración, la facha de este héroe de los mares era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista. No puedo decir si su aspecto hacía reír o imponía respeto: creo que ambas cosas a la vez, y según como se le mirase».

Además de las descripciones más extensas de algunos personajes, Galdós irá mostrando comportamientos de toda clase a lo largo de la serie, muchos mezquinos o fatuos o egoístas, pero en esta novela tienen más fuerza sus elogios a los héroes. Así, de Churruca se comenta que «expiró con la tranquilidad de los justos y la entereza de los héroes, sin la satisfacción de la victoria, pero también sin el resentimiento del vencido; asociando el deber a la dignidad, y haciendo de la disciplina una religión; firme como militar, sereno como hombre, sin pronunciar una queja, ni acusar a nadie, con tanta dignidad en la muerte como en la vida». Del «más valiente brigadier de la armada» se cuenta que «tenía el genio fuerte y no consentía la más pequeña falta; pero su mucho rigor nos obligaba a quererle más, porque el capitán que se hace temer por severo, si a la severidad acompaña la justicia, infunde respeto, y, por último, se conquista el cariño de la gente. También puede decirse que otro más caballero y más generoso que D. Dionisio Alcalá Galiano no ha nacido en el mundo».

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viernes, 29 de mayo de 2020

Como dije cuando comenté una reciente biografía de Benito Pérez Galdós pensé que debería volver a leer los Episodios Nacionales y las semanas del confinamiento han sido la oportunidad para leer al menos la primera serie. Inicio con esta nota una serie de comentarios a cada una de las novelas que la componen: mi propósito es contar con amplitud el argumento, poner párrafos donde se aprecie la gran maestría para las descripciones del autor, en especial de tipos humanos, e intentar así atraer a la lectura de la que considero la mayor obra de literatura «juvenil» española.

Cuando estaban de moda en toda Europa las novelas históricas, un Pérez Galdós de unos treinta años, se lanzó a escribir por entregas, en La Revista de España, una extensa crónica de la Guerra de la Independencia. Lo hizo a toda velocidad, «sin dar descanso a la pluma», diría más tarde, lo que por un lado explica sus fallos y a la vez muestra su enorme talento narrativo y constructivo. Para su proyecto eligió como protagonista y narrador a Gabriel Araceli, un muchacho gaditano huérfano que habla, como anuncia en Trafalgar, ya «en el ocaso de la existencia», y que apoya su narración, cuando lo necesita, en noticias de prensa o en testimonios de la época. En la mayoría de las novelas Gabriel está en el centro mismo de los acontecimientos, pero también se apoya en testimonios de otros para lo que no ha presenciado y, en uno de los episodios, Gerona, deja que cuente las cosas un amigo suyo que estuvo allí. El relato comienza en 1805 cuando tiene 14 años y termina presenciando y viviendo la batalla naval de Trafalgar —Galdós había charlado extensamente con un veterano que fue testigo de primera mano de lo que Gabriel narrará en su relato—, y termina después de La batalla de los Arapiles, que tuvo lugar en 1812.

El narrador normalmente se ciñe a los sucesos del presente pero a veces recuerda otros acontecimientos históricos que sus lectores de aquel momento recordarían y que le sirven al autor para llegar a su objetivo final de pintar un gran mural de la historia de España en el siglo XIX. Por ejemplo, en la tercera novela, al recordar las revueltas callejeras de 1808 contra las tropas napoleónicas, dirá: «Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo demás que existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo, y oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo, don Antero, progresista blindado, cuenta la picardía de O'Donnell el 56; D. Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males de España de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos, que fue de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta de la caída del Estatuto».

Perez Galdós demuestra una gran habilidad constructiva para ir colocando a su héroe en medio de muchos acontecimientos decisivos, o para ser el oyente privilegiado de testigos de primera mano en otros casos, y para ir dando voz a unos o a otros personajes, de distintas clases sociales, y así dejar claro al lector qué fue sucediendo y qué percepción tenía la gente de lo que iba pasando. También quedan claras sus intenciones de reivindicar a determinados personajes históricos, de hacer descripciones de muy distintos tipos humanos, de criticar en especial a los intransigentes y a los arribistas, y de mostrar las miserias del panorama político nacional del momento, nada distintas de las actuales y de siempre, viene a decirnos el narrador. Su tono es en muchos momentos dickensiano —el autor había sido traductor de Las aventuras de Pickwick, un trabajo no muy bueno pues Galdós no sabía tanto inglés y se apoyó en la traducción francesa, y Dickens llegó a ser su autor favorito—, tanto cuando el relato tiene acentos picarescos a lo Oliver Twist, como cuando adopta el mismo rechazo de Dickens en Historia de dos ciudades hacia los comportamientos abusivos de los aristócratas y hacia la cólera desatada de los revolucionarios.

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viernes, 28 de febrero de 2020

En esta reseña de Andrés Trapiello se resume y comenta muy bien Benito Pérez Galdós: vida, obra y compromiso, de Francisco Cánovas Sánchez. Se habla de su amenidad y de cómo el biógafo recuerda los juicios de muchos sobre la valía del escritor canario; también se resalta que se coloca bien al biografiado en medio del panorama político tan confuso del siglo XIX y principios del XX.

Entre las cosas a las que he prestado más atención están la de cómo el trabajo periodístico que hizo en su juventud Pérez Galdós, igual que le había ocurrido años atrás a Dickens, «afinó y potenció su capacidad de observación del espacio público y la vida ciudadana»; y también la de que dio una singular riqueza a sus novelas su actividad, durante años, como crítico de arte, así como su afición a la música y el dibujo: su perspectiva literaria estaba vinculada con su concepción artística.

El libro me ha dejado el deseo de volver a leer los Episodios Nacionales pues me ha hecho recordar muchos pormenores relativos a su composición: la idea de Galdós de confeccionarlos con personajes novelescos que viven la Historia como su propia historia; su intención de combinar rigor histórico, escritura fluida y una clara orientación pedagógica —Galdós deseaba «enseñar a los lectores a mirar, a interpretar y a conocer los acontecimientos de su tiempo, con las ventajas que ofrecía la novela para ello», afirma el biógrafo—; que la galería de figuras que presenta Galdós en las dos primeras series aumenta mucho en sus novelas posteriores, donde maneja «más variedad de argumentos y de recursos narrativos que combinan el monólogo, el género epistolar, los diarios y el relato en tercera persona», así como el análisis psicológico de los personajes»; la capacidad del autor de recoger y expresar «la rica diversidad geográfica, el madrileñismo, el andalucismo o el catalanismo, el habla culta de las clases acomodadas y el habla popular de la clase trabajadora; el uso de términos franceses, latinos o italianos, las expresiones cursis de los señoritos, los dichos, los tópicos y los latiguillos».

Francisco Cánovas Sánchez. Benito Pérez Galdós: vida, obra y compromiso (2019). Madrid: Alianza, 2019; 499 pp.; ISBN: 978-84-9181-663-8. [Vista del libro en amazon.es]

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