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Notas del archivo 'Benito Pérez Galdós' :: bienvenidosalafiesta ::    
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viernes, 19 de junio de 2020

Tercera novela de los Episodios Nacionales.

1808. Dos acontecimientos centrales: en marzo, el motín que haría caer a Godoy —«era aquella la primera vez que veía al pueblo haciendo justicia por sí mismo, y desde entonces le aborrezco como juez», dice Araceli—; y en mayo, la revuelta popular del día 2 —«raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y por lo tanto una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos»—. En medio de los acontecimientos, llevados de un lugar para otro, están Gabriel, Inés, su tío, y otros personajes. Poco a poco, el héroe aprende: «las contrariedades me habían dado alguna experiencia; conocía ya los rudimentos de la ciencia del corazón, y el mío principiaba a reunir ese tesoro de desconfianzas, merced a las cuales medimos los pasos peligrosos de la vida». En lo que se refiere a las aventuras del héroe lo que importa es que, al final, Inés es secuestrada y desaparece.

Abundan, como siempre, los adjetivos descriptivos magníficos: una voz becerrona, una mano lagartijera… Asoman, también como siempre, la ironia zumbona y los conocimientos literarios del autor: el narrador dice que estaban en la taberna «pidiendo Lopito para sí aguardiente de Chinchón, y yo tintillo de Arganda», y continúa: «No estábamos solos en aquella academia de buenas costumbres, porque cerca de la mesa en que nosotros perfeccionábamos nuestra naturaleza física y moral, se veían hasta dos docenas de caballeros, en cuyas fisonomías reconocí a algunos famosos Hércules y Teseos de Lavapiés, de aquellos que invocó con épico acento el poeta al decir: Grandes, invencibles héroes, que en los ejércitos diestros de borrachera, rapiña, gatería y vituperio, fatigáis las faltriqueras».

Entre los muchos personajes singulares que destaca la narración hay varias mujeres combatientes cuyo comportamiento heroico y feroz desmiente las afirmaciones masculinas típicas: «en este día el llanto es indigno aun en las mujeres» dirá un anciano. Por ejemplo, esta escena de combates callejeros en la Puerta del Sol: «—Ven acá, Judas Iscariote —exclamó la Primorosa, dirigiendo los puños hacia un mameluco que hacía estragos en el portal de la casa de Oñate—. ¡Y no hay quien te meta una libra de pólvora en el cuerpo! ¡Eh, so estantigua!, ¿pa qué le sirve ese chisme? Y tú, Piltrafilla, echa fuego por ese fusil, o te saco los ojos. Las imprecaciones de nuestra generala nos obligaban a disparar tiro tras tiro».

Pero aquí destaco la descripción que hace de un tipo muy particular que reaparecerá más adelante: «Juan de Dios era sin género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es la risa, que no da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y la hortera en que ha de guardar el dinero; un hombre que en todas las ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional».

Como en Trafalgar reivindicó a varios marinos españoles al frente de la flota, en esta novela Galdón reivindica las figuras de dos oficiales de artillería desconocidos que hicieron frente a un asalto de las tropas francesas en las calles de Madrid: «Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas, instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración de guerra por las juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha que empezó a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad». Hablará después de Pedro Velarde, Luis Daoiz y otros, y terminará su historia estando presente y siendo una de las víctimas del 2 de mayo.

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viernes, 12 de junio de 2020

Segunda novela de los Episodios Nacionales.

1807. El acontecimiento histórico en el centro del relato es el de una conjura del príncipe Fernando y sus seguidores contra su padre, el rey Carlos IV. Gabriel vive en Madrid como aprendiz en una imprenta y como criado de una actriz —«mi trabajo, si no escaso, era divertido y muy propio para adquirir conocimiento del mundo en poco tiempo»—. Conoce a Inés —una modista de 14 años que vive con su madre, viuda, que al final de la novela fallecerá diciéndole que no es su verdadera madre—, y entra al servicio de la intrigante Condesa Amaranta (nombre ficticio que se refiere a la Duquesa de Alba). Así Gabriel entra en contacto con ambientes cortesanos y populares de Madrid, lo que le permitirá ir presentando gente de muy distinto tipo, cosa que hace, dice, «para que se comprenda qué clase de espantajos había entonces para regocijo de aquella generación. En cuanto a mí, siempre me han hecho gracia estos tipos de la vanidad humana, que son sin disputa los que más divierten y los que más enseñan». Sin embargo, el narrador mostrará bien cómo se sintió fascinado por «estar en palacio, creyendo que sólo por el contacto del suelo que pisaban mis pies, tenía nuevos títulos a la consideración del género humano; y como cuantos llevamos la generosa sangre española en nuestras venas, somos propensos a la fatuidad, no pude menos de creerme un verdadero y genuino personaje».

Como el mismo narrador reconocerá, en ocasiones hace digresiones que le desvían de los hilos de su historia: el de los acontecimientos públicos y el de sus afanes privados. En esta novela tiene un especial interés, y también encaja de lleno con las andanzas del héroe, la que dedica al teatro de la época. Se describen bien las discusiones que había entre un tipo de teatro y otro, se cuenta el modo en que los partidarios de unos y otros abucheaban e intentaban hacer fracasar las obras de los rivales. Se discute también, por boca de distintos personajes, la valía de unos y otros dramaturgos: cuando Gabriel le dice al pedante Cascaciruelas que le parece bien la intención de un autor de censurar los vicios de la educación del momento, su interlocutor le responde diciéndole que nadie le manda al autor meterse en esas filosofías y que nada tiene que ver la moral con el teatro. El narrador terminará con una defensa cerrada de Leandro Fernández de Moratín: de él dice Gabriel que, «en sus conversaciones era siempre mucho menos festivo que en sus escritos; pero tenía semejanza con éstos por la serenidad inalterable en las sátiras más crueles, por el comedimiento, el aticismo, cierta urbanidad solapada e irónica, y la estudiada llaneza de sus conceptos. Nadie le puede quitar la gloria de haber restaurado la comedia española, y El sí de las niñas, en cuyo estreno tuve, como he dicho, parte tan principal, me ha parecido siempre una de las obras más acabadas del ingenio».

El contacto con gente de toda clase propicia que vaya en aumento el conocimiento propio del narrador, lleno de juvenil ignorancia y equivocado patriotismo, pues «me hallaba por más señas en la edad en que somos tontos», reconocerá. Pero, después de varios tristes episodios, dirá de sí mismo que «he sido un alma de cántaro; pero bien dice el señor cura, [el tío de Inés], que la experiencia es una llama que no alumbra sino quemando»; dirá que «salí decidido a huir para siempre del vergonzoso arrimo de cómicos y danzantes, de damas intrigantuelas y de hombres corrompidos y fatuos»; que, «después de tanto abatimiento», había hecho «una nueva conquista de inmenso valor, la idea del honor»; que desde ahora sus objetivos se centrarían en «llegar a ser persona de provecho; pero de modo que mis acciones me enaltezcan ante los demás y al mismo tiempo ante mí, porque de nada vale que mil tontos me aplaudan, si yo mismo me desprecio».

Pero todo será posible gracias a Inés, una chica de la que al principio piensa que es muy buena pero tiene pocos alcances e incluso se lo dice a ella: «Al fin eres mujer, y las mujeres... como no sea hacer calceta, y de poner el puchero a la lumbre, de nada entienden una higa. Este negocio que tratamos no es para tu pobre cabecita. Los hombres son los que lo entendemos bien, porque tenemos un modo de ver las cosas más por lo alto, porque en fin, tenemos más talento». Pero Gabriel irá dándose cuenta de que las cosas son al revés: «Inés tenía el don especialísimo de poner todas las cosas en su verdadero lugar, viéndolas con luz singular y muy clara, concedida a su privilegiado entendimiento, sin duda para suplir con ella la inferioridad que le negó la fortuna». (…) Todo en ella era sencillez, hasta su hermosura, no a propósito para despertar mundano entusiasmo amoroso, sino semejante a una de esas figuras simbólicas, que no están materialmente representadas en ninguna parte; pero que vemos con los ojos del alma, cuando las ideas agitándose en nuestra mente, pugnan por vestirse de formas visibles en la oscura región del cerebro».

Más adelante dirá: «Puedo decir comparando mi espíritu con el de Inés, y escudriñando la radical diferencia entre uno y otro, que el de ella tenía un centro y el mío no». Un centro que, cuando muere su madre, el narrador describirá diciendo que era el suyo «un dolor resignado, propio de quien acostumbraba a relacionar las penas y las alegrías con la voluntad de arriba». El narrador, antes de cerrar este capítulo, recuerda la acción de la Providencia en su vida del siguiente modo: «cuando se acerca el fin de la jornada, causa cierto gozo el considerar de qué extraña manera nos prepara la Providencia, allá en los comienzos de nuestra vida, el camino que hemos de recorrer y hasta los tropiezos o facilidades, penas y alegrías que en él hemos de encontrar. El tránsito de la niñez a la juventud parece el esbozo de un drama, cuyo plan apenas se entrevé en el balbuciente lenguaje de los primeros afectos y en la indecisión turbulenta de las primeras acciones varoniles».

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viernes, 5 de junio de 2020

Primera novela de los Episodios Nacionales.

1805. Gabriel de Araceli terminará participando en la batalla de Trafalgar pues se alista como criado de un viejo oficial. De acuerdo con lo que vio y oyó, y echando mano también de lo que ya sabe, cuenta los preparativos de la flota española, critica las decisiones de su jefe, el almirante francés Villeneuve, narra después algunas acciones bélicas decisivas en las que participó, y alaba el valor, junto «la previsión, la serenidad, la inquebrantable firmeza», de figuras como «D. Cosme Damián Churruca y D. Dionisio Alcalá Galiano». Como hará en otras ocasiones y a propósito de más personajes, el narrador se lamentará de que tales hombres «no hayan tenido un jefe digno de su valor» y no se les encargase del mando de la escuadra, igual que más adelante también dirá que «parece mentira que el Rey trate tan mal a los que le sirven».

El narrador, un tipo simpático, y pícaro si hace falta, habla con metáforas populares bien integradas en los escenarios. Por ejemplo, después de haber desobedecido a su patrona, esta le abronca, «furiosa, y sin previo aviso me descargó en la popa la andanada de su mano derecha con tan buena puntería que me hizo ver las estrellas», y además siguió vapuleándole: «la zurra continuó en la forma siguiente: yo caminando a la cocina, lloroso y avergonzado, después de arriada la bandera de mi dignidad, y sin pensar en defenderme contra tan superior enemigo; Doña Francisca detrás dándome caza y poniendo a prueba mi pescuezo con los repetidos golpes de su mano. En la cocina eché el ancla, lloroso, considerando cuán mal había concluido mi combate naval». Esta conciencia de su orfandad, de verse a sí mismo solo y abandonado, irá desapareciendo con el paso del tiempo: Gabriel irá dejando atrás los lamentos por su situación personal y sus quejas sobre la imposibilidad de aspirar a mejorar su posición social, e irá madurando.

En cada novela de la serie aparecen personajes de todo tipo, algunos descritos con detalle y extraordinaria viveza. En esta, son buenos ejemplos el matrimonio que adoptó a Gabriel, la citada doña Francisca y su marido, el capitán de navío retirado don Alonso, y un viejo marinero amigo de quien se dice lo siguiente: «Marcial (nunca supe su apellido), llamado entre los marineros Medio-hombre, había sido contramaestre en barcos de guerra durante cuarenta años. En la época de mi narración, la facha de este héroe de los mares era de lo más singular que puede imaginarse. Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los marinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme, y podrán formarse idea de este personaje, cuyo recuerdo me hace deplorar la sequedad de mi paleta, pues a fe que merece ser pintado por un diestro retratista. No puedo decir si su aspecto hacía reír o imponía respeto: creo que ambas cosas a la vez, y según como se le mirase».

Además de las descripciones más extensas de algunos personajes, Galdós irá mostrando comportamientos de toda clase a lo largo de la serie, muchos mezquinos o fatuos o egoístas, pero en esta novela tienen más fuerza sus elogios a los héroes. Así, de Churruca se comenta que «expiró con la tranquilidad de los justos y la entereza de los héroes, sin la satisfacción de la victoria, pero también sin el resentimiento del vencido; asociando el deber a la dignidad, y haciendo de la disciplina una religión; firme como militar, sereno como hombre, sin pronunciar una queja, ni acusar a nadie, con tanta dignidad en la muerte como en la vida». Del «más valiente brigadier de la armada» se cuenta que «tenía el genio fuerte y no consentía la más pequeña falta; pero su mucho rigor nos obligaba a quererle más, porque el capitán que se hace temer por severo, si a la severidad acompaña la justicia, infunde respeto, y, por último, se conquista el cariño de la gente. También puede decirse que otro más caballero y más generoso que D. Dionisio Alcalá Galiano no ha nacido en el mundo».

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viernes, 29 de mayo de 2020

Como dije cuando comenté una reciente biografía de Benito Pérez Galdós pensé que debería volver a leer los Episodios Nacionales y las semanas del confinamiento han sido la oportunidad para leer al menos la primera serie. Inicio con esta nota una serie de comentarios a cada una de las novelas que la componen: mi propósito es contar con amplitud el argumento, poner párrafos donde se aprecie la gran maestría para las descripciones del autor, en especial de tipos humanos, e intentar así atraer a la lectura de la que considero la mayor obra de literatura «juvenil» española.

Cuando estaban de moda en toda Europa las novelas históricas, un Pérez Galdós de unos treinta años, se lanzó a escribir por entregas, en La Revista de España, una extensa crónica de la Guerra de la Independencia. Lo hizo a toda velocidad, «sin dar descanso a la pluma», diría más tarde, lo que por un lado explica sus fallos y a la vez muestra su enorme talento narrativo y constructivo. Para su proyecto eligió como protagonista y narrador a Gabriel Araceli, un muchacho gaditano huérfano que habla, como anuncia en Trafalgar, ya «en el ocaso de la existencia», y que apoya su narración, cuando lo necesita, en noticias de prensa o en testimonios de la época. En la mayoría de las novelas Gabriel está en el centro mismo de los acontecimientos, pero también se apoya en testimonios de otros para lo que no ha presenciado y, en uno de los episodios, Gerona, deja que cuente las cosas un amigo suyo que estuvo allí. El relato comienza en 1805 cuando tiene 14 años y termina presenciando y viviendo la batalla naval de Trafalgar —Galdós había charlado extensamente con un veterano que fue testigo de primera mano de lo que Gabriel narrará en su relato—, y termina después de La batalla de los Arapiles, que tuvo lugar en 1812.

El narrador normalmente se ciñe a los sucesos del presente pero a veces recuerda otros acontecimientos históricos que sus lectores de aquel momento recordarían y que le sirven al autor para llegar a su objetivo final de pintar un gran mural de la historia de España en el siglo XIX. Por ejemplo, en la tercera novela, al recordar las revueltas callejeras de 1808 contra las tropas napoleónicas, dirá: «Pasan años y más años: las revoluciones se suceden, hechas en comandita por los grandes hombres y por el vulgo, sin que todo lo demás que existe en medio de estas dos extremidades se tome el trabajo de hacer sentir su existencia. Así lo digo yo hoy, a los ochenta y dos años de mi edad, a varios amigos que nos reunimos en el café de Pombo, y oigo con satisfacción que ellos piensan lo mismo que yo, don Antero, progresista blindado, cuenta la picardía de O'Donnell el 56; D. Buenaventura Luchana, progresista fósil, hace depender todos los males de España de la caída de Espartero el 43; D. Aniceto Burguillos, que fue de la Guardia Real en tiempo de María Cristina, se lamenta de la caída del Estatuto».

Perez Galdós demuestra una gran habilidad constructiva para ir colocando a su héroe en medio de muchos acontecimientos decisivos, o para ser el oyente privilegiado de testigos de primera mano en otros casos, y para ir dando voz a unos o a otros personajes, de distintas clases sociales, y así dejar claro al lector qué fue sucediendo y qué percepción tenía la gente de lo que iba pasando. También quedan claras sus intenciones de reivindicar a determinados personajes históricos, de hacer descripciones de muy distintos tipos humanos, de criticar en especial a los intransigentes y a los arribistas, y de mostrar las miserias del panorama político nacional del momento, nada distintas de las actuales y de siempre, viene a decirnos el narrador. Su tono es en muchos momentos dickensiano —el autor había sido traductor de Las aventuras de Pickwick, un trabajo no muy bueno pues Galdós no sabía tanto inglés y se apoyó en la traducción francesa, y Dickens llegó a ser su autor favorito—, tanto cuando el relato tiene acentos picarescos a lo Oliver Twist, como cuando adopta el mismo rechazo de Dickens en Historia de dos ciudades hacia los comportamientos abusivos de los aristócratas y hacia la cólera desatada de los revolucionarios.

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viernes, 28 de febrero de 2020

En esta reseña de Andrés Trapiello se resume y comenta muy bien Benito Pérez Galdós: vida, obra y compromiso, de Francisco Cánovas Sánchez. Se habla de su amenidad y de cómo el biógafo recuerda los juicios de muchos sobre la valía del escritor canario; también se resalta que se coloca bien al biografiado en medio del panorama político tan confuso del siglo XIX y principios del XX.

Entre las cosas a las que he prestado más atención están la de cómo el trabajo periodístico que hizo en su juventud Pérez Galdós, igual que le había ocurrido años atrás a Dickens, «afinó y potenció su capacidad de observación del espacio público y la vida ciudadana»; y también la de que dio una singular riqueza a sus novelas su actividad, durante años, como crítico de arte, así como su afición a la música y el dibujo: su perspectiva literaria estaba vinculada con su concepción artística.

El libro me ha dejado el deseo de volver a leer los Episodios Nacionales pues me ha hecho recordar muchos pormenores relativos a su composición: la idea de Galdós de confeccionarlos con personajes novelescos que viven la Historia como su propia historia; su intención de combinar rigor histórico, escritura fluida y una clara orientación pedagógica —Galdós deseaba «enseñar a los lectores a mirar, a interpretar y a conocer los acontecimientos de su tiempo, con las ventajas que ofrecía la novela para ello», afirma el biógrafo—; que la galería de figuras que presenta Galdós en las dos primeras series aumenta mucho en sus novelas posteriores, donde maneja «más variedad de argumentos y de recursos narrativos que combinan el monólogo, el género epistolar, los diarios y el relato en tercera persona», así como el análisis psicológico de los personajes»; la capacidad del autor de recoger y expresar «la rica diversidad geográfica, el madrileñismo, el andalucismo o el catalanismo, el habla culta de las clases acomodadas y el habla popular de la clase trabajadora; el uso de términos franceses, latinos o italianos, las expresiones cursis de los señoritos, los dichos, los tópicos y los latiguillos».

Francisco Cánovas Sánchez. Benito Pérez Galdós: vida, obra y compromiso (2019). Madrid: Alianza, 2019; 499 pp.; ISBN: 978-84-9181-663-8. [Vista del libro en amazon.es]

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